
Lo que viene después es el horror, la colmena de seres antaño humanos, vampirizados, que viven en las sombras y salen de caza al anochecer. De día están ausentes, invisibles, pero existe un vacío, un silencio que les guarda sitio, y que cobija sus aullidos nocturnos.
Will Smith se esfuerza mucho, y sufre mucho. La película construye una leyenda en torno a él, y casi lo consigue. Sólo al final, uno de esos finales que no sabe hacer el cine de hoy, lo desbarata, con una mezcla de “Dragonfly” y “Señales”. Es una pena, porque se había ganado el aplauso ese hombre solo, que compadecemos con un estremecimiento sobre todo cuando echa el cerrojo a puertas y ventanas al llegar a casa, en un vano intento de que el terror se quede fuera.