
Dos cosas llaman la atención de esta película. La primera, un hombre solo en el mundo, como un náufrago en la isla de Manhattan, que trata de aprovechar todos sus recursos –no va de compras a las tiendas, sino directamente a los pisos de la Quinta Avenida o Tribeca, abandonados por sus dueños- y que se mantiene en forma. La segunda, una ciudad deshumanizada, tomada por la naturaleza, donde la fauna campa por unas calles que ejercen de sabana, y la vegetación creciente patentiza la fragilidad de la obra humana.
Lo que viene después es el horror, la colmena de seres antaño humanos, vampirizados, que viven en las sombras y salen de caza al anochecer. De día están ausentes, invisibles, pero existe un vacío, un silencio que les guarda sitio, y que cobija sus aullidos nocturnos.
Will Smith se esfuerza mucho, y sufre mucho. La película construye una leyenda en torno a él, y casi lo consigue. Sólo al final, uno de esos finales que no sabe hacer el cine de hoy, lo desbarata, con una mezcla de “Dragonfly” y “Señales”. Es una pena, porque se había ganado el aplauso ese hombre solo, que compadecemos con un estremecimiento sobre todo cuando echa el cerrojo a puertas y ventanas al llegar a casa, en un vano intento de que el terror se quede fuera.
Lo que viene después es el horror, la colmena de seres antaño humanos, vampirizados, que viven en las sombras y salen de caza al anochecer. De día están ausentes, invisibles, pero existe un vacío, un silencio que les guarda sitio, y que cobija sus aullidos nocturnos.
Will Smith se esfuerza mucho, y sufre mucho. La película construye una leyenda en torno a él, y casi lo consigue. Sólo al final, uno de esos finales que no sabe hacer el cine de hoy, lo desbarata, con una mezcla de “Dragonfly” y “Señales”. Es una pena, porque se había ganado el aplauso ese hombre solo, que compadecemos con un estremecimiento sobre todo cuando echa el cerrojo a puertas y ventanas al llegar a casa, en un vano intento de que el terror se quede fuera.