
En plena resaca de los óscares, comentaré algo de la última peli que hemos visto, “El curioso caso de Benjamin Button”. Como ya casi todo el mundo sabe, se trata de ir viendo a lo largo de tres horas, cómo un viejo enano y decrépito se va transformando primero en Brad Pitt, y luego en uno de los hijos de la Infanta Cristina. La cosa primero es rara, luego graciosa (a la par que envidiable), y finalmente triste (y no lo digo por la familia real). Está bien contada, pese a la dificultad del tema, y excelentemente ambientada. Estaba nominada para trece óscares, y se ha tenido que conformar con los que premian los decorados, el maquillaje y los efectos especiales, que indiscutiblemente se merecía. A mí particularmente me ha parecido una mezcla de “Forrest Gump” con las películas de Jeunet (“Amelie”, “Largo domingo de noviazgo”).
Más en el fondo, quisiera centrarme en la trama romántica, de la que saco algunas conclusiones. Es la enésima película moderna en la que se expone la idea de que amor y matrimonio no van unidos. Las parejas que se quieren no se casan, y el único matrimonio que aparece es de conveniencia. Es lamentable esta educación sentimental –en la que el cine sigue siendo un instrumento formidable, aunque pierde fuerza frente a la televisión– que no cree que los lazos de amor en una pareja puedan convertirse en vínculos duraderos, y considere que su materia es la frágil mezcla de deseos, añoranzas e instintos. Solo estos cuentan a la hora de la ruptura e incluso en el abandono de la familia, por lo que no debe sorprender el panorama de crisis familiar al que asistimos. No habremos tocado fondo cuando se insiste con firme ligereza en los mismos planteamientos.