
Escribió Jean Guitton: «Si los ateos estuviesen tan seguros de tener razón, no serían agresivos». Es una pena que tantos que se dicen ateos sólo busquen una respuesta fácil para no ir más allá, para no llegar hasta la verdad. Si la verdad fuera una meta, no habría ateos. Edith Stein contaba, de su vida antes de la conversión: «Mi única oración era la búsqueda de la verdad»; después pudo decir: «Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente busca a Dios».
La pregunta sobre Dios no es una cuestión de mera fe. Juan Pablo II, al comienzo de su encíclica Fides et ratio lo deja bien claro: «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». Y añadía: «Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad de sí mismo». ¿Puede haber tantas respuestas en tan pocas palabras?
Pero estas son las respuestas que algunos se niegan a buscar, por un tozudo orgullo, o por pensar que se trata de algo secundario, y no puede haber un planteamiento más ingenuo. Ya lo dice Robert Spaemann: «Si Dios existe, entonces eso es lo más importante». Si Dios existe, todo cambia, todo cobra sentido (sin él, como dijo Dostoievsky, nada tiene sentido). Por eso es lo primero que hay que averiguar.
Hasta tal punto se cree en nuestra época que Dios no es necesario, que es una cuestión que se puede postergar, que incluso entre cristianos se da pábulo a los argumentos de ateos y descreídos, sólo por su superficial atractivo. Lo advertía el todavía Cardenal Ratzinger: «Su pensamiento parece más interesante, pero a costa de la verdad».
Si la verdad no es luz y guía, si Dios no es lo primero, si el complacer a los demás o las recompensas terrenas sustituyen a lo esencial, la propia Iglesia puede desnortarse. Según Nicolás Gómez Dávila: «A una Iglesia que no vuelve la espalda al mundo, éste le acaba dando la espalda». La Iglesia está para dirigir el rumbo a la Verdad, y entonces el mundo se volverá a ella, y volverá a Dios.
La pregunta sobre Dios no es una cuestión de mera fe. Juan Pablo II, al comienzo de su encíclica Fides et ratio lo deja bien claro: «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». Y añadía: «Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad de sí mismo». ¿Puede haber tantas respuestas en tan pocas palabras?
Pero estas son las respuestas que algunos se niegan a buscar, por un tozudo orgullo, o por pensar que se trata de algo secundario, y no puede haber un planteamiento más ingenuo. Ya lo dice Robert Spaemann: «Si Dios existe, entonces eso es lo más importante». Si Dios existe, todo cambia, todo cobra sentido (sin él, como dijo Dostoievsky, nada tiene sentido). Por eso es lo primero que hay que averiguar.
Hasta tal punto se cree en nuestra época que Dios no es necesario, que es una cuestión que se puede postergar, que incluso entre cristianos se da pábulo a los argumentos de ateos y descreídos, sólo por su superficial atractivo. Lo advertía el todavía Cardenal Ratzinger: «Su pensamiento parece más interesante, pero a costa de la verdad».
Si la verdad no es luz y guía, si Dios no es lo primero, si el complacer a los demás o las recompensas terrenas sustituyen a lo esencial, la propia Iglesia puede desnortarse. Según Nicolás Gómez Dávila: «A una Iglesia que no vuelve la espalda al mundo, éste le acaba dando la espalda». La Iglesia está para dirigir el rumbo a la Verdad, y entonces el mundo se volverá a ella, y volverá a Dios.