
Dice el Señor: “Si no amas a tu prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves?”. A esta chica se le podría decir: “Si no amas al hijo que llevas ahora en tu seno, ¿cómo amarás al que esperas tener en un futuro?”. A veces queremos un amor domesticado, del que seamos absolutos administradores de sus tiempos, sus cantidades y sus oportunidades. Pero el amor puede tener su propia iniciativa y sus propias exigencias: puede llegar llamando, en lugar de aparecer a nuestra llamada. Si amamos sólo cuando lo hemos proyectado y planificado, cuando hemos decidido el momento idóneo, nuestro amor es mera autocomplacencia, una forma bonita de hacer cosas que nos apetecen. Es ponerle un nombre que no merece al capricho.
La protagonista quiere un hijo por amor, pero el hijo se le ha adelantado y ha trastocado su ecuación. Entonces lo que toca es amor por el hijo.