lunes, 18 de enero de 2010

Las palabras de Monseñor Munilla


Han armado bastante revuelo las palabras del nuevo Obispo de San Sebastián sobre la tragedia de Haití. Llego un poco tarde al debate, pero me parece que, en lo que de verdad interesa de este asunto, la cuestión no ha perdido vigencia.

Veamos. El Obispo se ha referido a la cuestión del mal, situándola en un contexto teológico; el problema es que lo ha hecho en un medio de comunicación, sin advertir lo sencillo que era sacar sus palabras de aquel contexto, contando además con enemigos declarados como los tiene. Pero el asunto estaba correctamente expuesto, y lo que dice es exacto. Esto es: para Dios no hay mayor mal que el pecado, como bien dijo el propio Cristo camino del Calvario, cuando exhortó a las mujeres a que llorasen por ellas mismas. No hay que olvidar que pecado no es una simple trasgresión de una disposición moral, sino algo más profundo y amplio: el alejamiento del hombre de Dios.

Ante el drama del pecado que aparta al hombre del Amor, la Verdad y la Vida, cualquier otro avatar de la existencia es relativo. Porque Jesús ya advirtió, en contra de los criterios puramente terrenales, que el hombre sufriente en este mundo podía ser bienaventurado y heredero de la gloria eterna. No quiere esto decir que la felicidad penda por completo del más allá, porque todos somos testigos de los casos de personas que alcanzan el más allá de su enfermedad, su pobreza o su desgracia en esta vida, con fe, esperanza y caridad; y otros, sobrados de medios materiales, deambulan vacios por una existencia a la que no aciertan a dar sentido.

Monseñor Munilla pretendía advertir a nuestra sociedad acomodada y desnortada que la tragedia de Haití es terrible y exige nuestra solidaridad; pero que no podemos olvidar que también aquí vivimos una tragedia aún mayor, la de quienes se apartan de Dios y se hallan rendidos al sinsentido. Y, a la vista de ciertas reacciones, el drama alcanza incluso la dimensión de quienes ignoran el mal que padecen.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Domingo gaudete




Ayer, domingo día 13, tercero de Adviento, es conocido como “gaudete”, por la exhortación de San Pablo a los filipenses –“Estad alegres, os lo repito, estad alegres en el Señor”– y las demás lecturas de la liturgia de ese día, que giran en torno al tema de la alegría. Además, antes la Iglesia reservaba para ese día el uso del color rosa.


En este contexto ha nacido Julia –en rigor, sólo cinco minutos después de que empezara– y nadie tiene que decirnos ya que estemos alegres. El milagro se ha hecho un trocito de carne que ya vive en su propio espacio dentro de nuestra casa.

viernes, 4 de diciembre de 2009

La cadena invisible


Chesterton, en su maravilloso libro sobre San Francisco de Asís, plantea una idea que me ha hecho pensar durante años, y que me ha ayudado a ver luces en la vida. Afirma, en un determinado momento, que Cristo era como San Francisco. Explica esto acto seguido:

“He aquí lo que quiero significar: que si se encuentran ciertos enigmas y frases difíciles en aquella historia de Galilea y se da con la respuesta de aquellos enigmas en la historia de Asís, ello demuestra, en realidad, que ha sido transmitido un secreto en una sola tradición religiosa, y en ninguna otra; demuestra que el arca cerrada en Palestina puede ser abierta en Asís, porque es la Iglesia quien guarda las llaves”

Un poco más adelante, aclara un algo más: “Parece probable que, si se encuentra una misma verdad en los dos extremos de una cadena de tradición, esta Tradición ha conservado la Verdad”

Dicho con mis palabras: el Espíritu siempre está en la Iglesia, aunque su exponente más santo se pueda encontrar unas veces en San Pedro y otras en una pobre choza. Al comparar con Cristo, encontramos a la Iglesia. Misteriosamente, los santos son fieles a la Iglesia, y es curioso que en sus vidas, casi como norma, se encontraran con dificultades y zancadillas puestas por la misma Iglesia, que sin duda, de forma que podríamos llamar irónica, seguía cumpliendo su misión de ayudar a santificar a los bautizados.

A veces, sobre todo en los primeros tiempos de mi fe incipiente (que ahora puede ser “incipiente grado 2”), me planteaban dudas acerca de cuestiones polémicas en las que la Iglesia daba respuestas que yo no podía entender, aunque tenía que compartir. Algunos en mi entorno se ponían etiquetas de cristianos con logotipos distintos y variados, y quitaban y ponían cosas a lo que me habían enseñado que debía de ser la Iglesia, con el consiguiente desconcierto. Al final concluí que esa misma Iglesia que me provocaba dudas a mí y a otros rechazo en algunos temas, era la misma que me había presentado a Cristo, la misma que me acogía en el momento del arrepentimiento, la misma que me enseñaba el camino de la felicidad, la misma que me animaba en los momentos de depresión. Y si era la misma que yo a veces no entendía, el problema no era de ella, sino mío, porque mis objeciones eran tan pequeñas frente a la magnificencia de su amor, que sólo podían deberse a mi ignorancia. ¿Cómo podía cuestionar el amor de quien me había enseñado a amar? ¿Cómo podía decirle, a quien me había descubierto a Jesús, que no era como me lo contaba? Preferí ser hijo y discípulo, antes que crítico y revolucionario –la crítica, para mí, pensé, y la revolución, es lo que le va haciendo falta a mi vida–.

Con el paso de los años he ido comprendiendo todo aquello que me desconcertaba: era culpa mía. Nunca dejé de confrontar nada con la razón por el hecho de que fuera exigencia de la fe; pero ésta me ayudaba cuando la otra no podía. Con razón decía Juan Pablo II que la fe y la razón son las dos alas que elevan al espíritu humano al conocimiento de la verdad: así es como lo he vivido. Tampoco es que yo sepa mucho; pero si me fijo en los santos, entiendo muchas cosas, y veo a la Iglesia viviendo a través de ellos, como una cadena invisible con la que Dios atraviesa la Historia.

domingo, 22 de noviembre de 2009

La vida que desborda


La vida es un simposio (no precisaré de qué). En un simposio cualquiera, celebrado en una universidad a orillas del mar, asiste uno a ponencias deslumbrantes y a fraudes conferenciales; participa uno de aplausos y bostezos; se huye del sueño que nos alcanza, y no acaba de alcanzar los sueños que siempre nos rehúyen; comenta puntos de vista doctrinales, y pone a la vista de todos algunos puntos (o verrugas) de la doctrina; se ríe de cualquiera y de uno mismo, pero más de los primeros; se entera de cosas que no sabía, y sobre todo se entera de que no sabe prácticamente nada; se vuelve a encontrar a personas que apreciaba, a otras que menos, y a algunas no las encuentra, pero siempre hay novedades interesantes.

Todo comienza con un viaje iniciático, y el regreso es un viaje agónico. La maleta vuelve llena de nuevas perspectivas, porque la vida no se agota, se agota uno antes. Y en compartimentos olvidados, se oyen risas; en baúles cerrados, bullen ideas; en rincones oscuros, brilla una luz misteriosa. La vida suma y sigue, continuamos descubriendo nuevos pasadizos, abriendo puertas que permanecían ocultas, saludando rostros desconocidos que nos reflejan y que resultan ser compañeros de trayecto o de celda o de existencia. La casualidad, el azar, lo imprevisible forman parte de este trajín vital que nos traemos entre manos. Ya dijo Julián Marías que la vida humana es incierta. Y la incertidumbre nos desborda.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Dónde apoyamos la fe


Que conste, para empezar, que mi fe no es más grande que un grano de mostaza… Y aun así, creo que Dios es lo más importante, pero falta el ajuste coherente con la vida que se supone que cree eso.

Últimamente veo cosas que me hacen pensar. Son tiempos difíciles, los creyentes están agobiados por el entorno social y político, parece que nada es favorable… ¿Y cuándo lo fue? Es cierto que pueden matar nuestro cuerpo, pero ya se nos advirtió que eso no es lo verdaderamente peligroso. El peligro viene de quien puede condenar nuestra alma. Y en nuestra alma se pueden sentir las presiones de los malos tiempos y la hostilidad social y política; pero no es menos mala la comodidad de los días en que el viento sopla a favor. Para nuestra alma, insisto, que es lo importante.

Relativizo los peligros, pero aquí mi intención era relativizar las esperanzas. Miro en mi derredor a los que creen como yo, y observo que se agarran con ilusión de niños a pequeñas o grandes cosas que a mí no me acaban de entusiasmar porque las veo… demasiado de este mundo. Grandiosas manifestaciones, cristianos separados que quieren volver a la Madre Iglesia, programas televisivos exitosos o pelis de valores que atraen al público. Todo eso son fruto y señal de algo bueno; pero mucho me temo que solemos valorarlo con parámetros esencialmente humanos, lo que, por otra parte, es muy humano.

¿Qué más da que hubiera treinta o cuarenta personas más en misa? ¿Sabemos acaso por qué estaban allí? Dios no cuenta, Dios ama. Mi fe se apoya en el Amor de Dios, y no en la esperanza que pudieran traerme grandes masas de –supuestos– cristianos saliendo de debajo de las piedras. ¿Somos muchos? ¿Somos pocos? Cada alma es lo que importa a Dios, que no lee las estadísticas. Un hombre solo basta para encontrar esperanza, si cree en Dios. Me gusta pensar a veces en esos mártires anónimos, que no figuran en ninguna lista, y que dieron su vida por la fe rodeados de enemigos, perdonando a los que los mataban, sin que nadie luego recordara su nombre ni quedara memoria de su gesto. Dios lo recuerda, porque Dios ama, y en eso es en lo que creo.

sábado, 24 de octubre de 2009

Abolir el aborto


Tal día como hoy, hace una semana, nos manifestamos unos cuantos en Madrid, en defensa de la vida y contra el crimen del aborto. He tardado en referirme a ello, estoy liado con mil tareas, pero no es algo que se pueda dejar pasar.

La cosa es grave, y parte de su gravedad estriba en la anestesia, desinterés o complicidad de buena parte de la sociedad. Ya lo dijo Julián Marías, y se ha repetido mucho: lo peor de todo es la aceptación social del aborto. Puede que esto esté cambiando lentamente –en EEUU se dice que hay más concienciación–, pero en España parecemos empeñados en adentrarnos todavía más en la barbarie. Es culpa de un Gobierno miserable –que conste que me dan igual las siglas– y de una sociedad pasiva. No podemos quedarnos quietos, es preciso ABOLIR EL ABORTO. Como se hizo con la esclavitud en su momento, no se trata de algo de menor trascendencia.

Se trata de una tarea heroica, que implica el compromiso de todos los ciudadanos dispuestos a luchar por lo que es justo y contra lo que es inmoral. Juan Manuel de Prada lo ha expuesto muy bien, y a sus palabras me remito.

domingo, 4 de octubre de 2009

Hablar a los tontos


He descubierto la estrategia del Partido Socialista, esa que no podía ver oculta tras la aparente estulticia de sus argumentos. No, no es que piensen que somos tontos, esto no es más que la típica salida despectiva. Lo que ocurre es que saben que hay tontos, en realidad muchos tontos –en buena parte se deben a su labor “educativa” por las vías de la escuela y la televisión–, sin ánimo de menospreciar a los discapacitados mentales de cualquier tipo. Me refiero a los tontos lelos, zafios, ignorantes, asilvestrados. Esos que ha producido el socialismo como criaturas votantes. Hay muchos, lo saben, y se dirigen a ellos como lo que son, aunque los demás quedemos desconcertados.

Así, el tal Pepiño Blanco puede aparecer defendiendo las medidas económicas de su Gobierno con apelaciones lacrimógenas a las viudas, más propias de un serial radiofónico de la época de Franco que de un tío que se dice progre. Otras veces le hemos podido oír que se declaraba católico, como coartada para pegarle una patada al Iglesia en la cabeza, y no importa que cualquier católico o persona de bien pueda entender perfectamente que este señor como mucho estará bautizado, y que eso no basta para ir de católico por la vida. Suena un poco como el lema chistoso de «el monte es de todos, quema tu parte».

Todo esto da igual, porque los tontos, muchos tontos, a los que habla el tal Pepiño se tragan esos mondongos sin rechistar, los aplauden con las orejas y le cambian el nombre a su madre si lo manda el albacea de la memoria histórica. Van a ganarse sus votos, y les da lo mismo qué piensen los demás, porque con esos les basta.

lunes, 10 de agosto de 2009

Up


Desde que vi la última película de Pixar, el día de su estreno, no he tenido mucho tiempo para pensar en ella (este verano toca trabajar), pero sus escenas relampaguean de vez en cuando en mi mente, y me voy dando cuenta de que tiene, por decirlo coloquialmente, mucha miga.

La historia de un abuelo, de un niño, de animales, de un viaje extraordinario… da para mucho si se le echa imaginación y humanidad. Pero me quiero quedar con la primera parte de la película, unos pocos minutos no habrán dejado de emocionar a nadie que los haya visto. Es la vida de un matrimonio, contada, tras apenas unas palabras iniciales, en secuencias que tienen un acompañamiento musical muy significativo, y que resumen brevemente el amor, la esperanza, la superación de los problemas, los proyectos realizados y los truncados, la supervivencia y el sentimiento de culpa, los recuerdos… y podría seguir.

Emociona esa parte (no quiero contar nada, aunque es fácil de intuir, y sólo es la premisa del resto de la historia –¿sólo?–) porque cualquiera se puede identificar con ella, porque es una historia humana, biografía a grandes pero elocuentes trazos, que resume (no reduce) lo que es la vida personal, pero al mismo tiempo insinúa sus múltiples proyecciones, lo que creo que Julián Marías llamaba «las trayectorias». Cuando la lágrima se anuncia temblorosa al final de este breve relato introductorio, lo que ocurre es que los creadores de esta obra maestra han sabido retratar con mano maestra el momento de lo que llamaré «la pérdida» que, en la dimensión personal, incluye mil cosas: no sólo el cuerpo material, el alma y la esfera emotiva, sino también los proyectos, las ilusiones, las «inversiones» aparentemente no recuperadas, los arrepentimientos que no vendrán seguidos de enmienda «porque ya no se puede», las oportunidades perdidas, la memoria del amor, que también es la propia vida del corazón que aún late…

Luego viene lo demás, que también es muy bueno y lleno de cosas profundas (cuando tenga tiempo de pensar en ellas). Pero me quedo con ese principio acompañado de un piano, creo, que va flaqueando sus notas, pero que sigue, porque mientras haya vida… hay vida.

viernes, 31 de julio de 2009

Buster Keaton


Anoche fuimos a un acto cultural que ofrecía la bella ciudad de Pamplona, que nos acoge estos días. Se trató de una proyección cinematográfica, “El héroe del río”, de Buster Keaton, con acompañamiento de piano, como en el tiempo en que se estrenó, 1928. Fue una experiencia muy estimulante, pero al poco rato se nos olvidó la cultura, el piano y la pose erudita para desternillarnos de risa, sin más, con el resto del auditorio.

Porque Buster Keaton fue un genio indiscutible al que, en su tiempo, le negaron el pan y la sal, y lo frustraron hasta el punto de que interrumpió su brillante carrera por culpa de la bebida. Una pena, humanamente hablando, y una desgracia para el cine y la cultura en general, por lo mucho que podía haber hecho todavía. Su humor surrealista, inagotable, y sobre todo físico, sigue plenamente vigente, como se comprobó anoche, cuando la gente lloraba de risa viendo sus gags. Se le llamó Cara de palo, o de piedra, pero en realidad todo el cuerpo lo tenía así, porque desde los tres años se aficionó a darse trompadas, y me consta que una vez se rompió hasta el cuello, imagino que para jolgorio del respetable.

Pero, más allá de las anécdotas, hay que celebrar a un genio del cine, y la mejor forma es seguir viendo sus películas.

miércoles, 8 de julio de 2009

La crisis


Anteayer fue el chupinazo con el que se inauguraban las fiestas de San Fermín de 2009, y una multitud borracha, o a poco de estarlo, se convertía en masa en la plaza del ayuntamiento de Pamplona. El locutor que retransmitía el evento comentaba que para esas personas “no había crisis”.

Tampoco debía de haberla para las que, horas después, se apiñaban en el estadio Santiago Bernabeu, con un frenesí morboso, dispuestas a asistir a la presentación de Cristiano Ronaldo como nuevo jugador del Real Madrid, y dispuestas, si llegaba a estar al alcance de sus dedos, a comérselo vivo con furor orgásmico, tal y como le ocurría al protagonista de “El perfume” al final de la novela. Poco después, miles de esos hinchas, aún ebrios de exaltación, saqueaban la tienda del Club cartera en mano para llevarse una camiseta de su ídolo al módico precio de 85 euros la pieza. Esta vez el locutor, tal vez sin saberlo, acertaba al bautizar al fenómeno como “un nuevo becerro de oro”.

Parece que no hay crisis ante estos derroches de dinero y alegría febril. Pero lo cierto es que esto es la crisis pura, ni siquiera uno de sus síntomas, sino su manifestación en lo que de verdad importa. Porque la crisis ante todo es moral, señala la agonía de una sociedad abocada al consumo desenfrenado y a la experiencia de vértigo, seducida por la banalidad de nuevos dioses de oro y barro, adicta a la excitación del momento y a la compañía del rebaño. Es la rebelión de las masas, la exaltación de lo superficial y lo mediocre, la reducción del valor al precio, la traición a Dios, la que hoy preocupa solamente por su aspecto económico.

Pues la crisis está en pleno auge.

viernes, 3 de julio de 2009

Gramática televisiva


Ver las noticias diariamente es un ejercicio que me hace sentir maestro de escuela, de los de antes, que examinaban de ortografía y gramática a los alumnos, vara en mano y ciento volando.

Hoy hemos oído que un encausado ha ido a los tribunales “a rendir cuentas con la justicia”. Al parecer, el criminal iba a coger a unos cuantos jueces del bracete para, todos juntos, encaminarse a una instancia superior (¿Dios?) que les pasaría factura por sus desmanes en esta vida. Vista irónicamente, la expresión es certera, pues está la justicia para pedir tantas disculpas como los delincuentes; pero no se caracterizan los informativos precisamente por su agudeza, de modo que habrá que achacarla a la incultura.

A pesar de su ignorancia, estos periodistas tienen un punto poético reseñable. No de otra forma se puede explicar su manifiesta inclinación al uso de tropos y figuras literarias propias de orfebres del lenguaje. Entre todas destaca la hipérbole, que habría que achacar en una tercera parte a su propensión a la exageración, y en las otras dos a su analfabetismo. Su nulo conocimiento de la Historia les permite exaltar lo que es flor de un día con expresiones como “record mundial” (aunque haya varios empatados en el logro), “nunca antes” (una de las frases preferidas de algún periodista deportivo, que no deja de proferir cada día), estar “absolutamente destrozado” (por una derrota futbolística o por un accidente).


En realidad, los periodistas deportivos y sus patrañas merecen entrada aparte, la dejaremos para otro día.

lunes, 29 de junio de 2009

Revolutionary Road


Esta película, dirigida por Sam Mendes, sigue la línea desesperanzada de su primer título famoso, American Beauty, donde retrataba a una familia americana moderna –un matrimonio y su hija adolescente– en pleno desmoronamiento. En esta ocasión se trata de otro matrimonio, más joven, aunque ya tienen dos hijos, en algún momento de la década de 1950, época que durante años se ha presentado como un tiempo idílico y que ahora parece estar en pleno proceso de revisión desmitificadora para sacar a la luz sus miserias (piénsese en la serie Mad Men).

El matrimonio de esta película –los hijos son apenas inexistentes, como fantasmas que no cuentan– está formado por un par de ilusos que no ven más allá de sus narices, o, mejor dicho, que no quieren más allá de sus narices. Consideran sus vidas vacías y sus sentimientos agotados, y por ello buscan con desesperación otra oportunidad para motivarse, un asidero externo que les agarre a la vida. En triste paradoja parecen sentirse “atrapados por la vida”, que para ellos no tiene sentido. Sus conversaciones son sartas de reproches en las que, con asombro, parecen descubrir, después de una época de introspección, que tenían otra persona delante, que incluso vivían con ella; pero otra persona que no era la de sus fantasías, la de sus falsas suposiciones, aquella que les había hecho promesas que en realidad nunca se habían pronunciado. Cada uno de los protagonistas –muy bien encarnados por Kate Winslet y Leonardo DiCaprio– vive sólo para sí, y por eso no entiende al otro, no se encuentra con él –salvo los encontronazos– y se aleja progresivamente de las posibles vías de redención –el sacrificio, el perdón–.

Sus ilusiones, mal cimentadas, no sólo se difuminan, sino que estallan en pedazos ante los graves lastres a los que se enfrentan: el egoísmo, la cobardía, la irrealidad, la superficialidad. También, no hay que olvidarlo, la falta de fe, de trascendencia, pues en no pocos momentos, los protagonistas son como adictos a una inmanencia –que, en quien no cree, siempre supone el anhelo de “otra vida” material distinta a la que tiene, que ya considera agotada–, y como seres que tienen nublado el entendimiento y colapsada la moral, se llevan por delante lo que sea, como se pone de relieve crudamente en el episodio del aborto. Merece mención aparte el personaje del esquizofrénico, que a la postre resulta el único cuerdo de la función, capaz de dibujar con afilada exactitud los verdaderos contornos del drama, aunque nunca aporte algo de ánimo; en un momento dado, ante una afirmación del protagonista, comenta: “Cualquiera puede confesar que su vida está vacía, pero hace falta valor para reconocer que es irremediable”.

Al final, Sam Mendes sólo nos presenta otro retrato de la falta de esperanza trascendente (en esto, también es un maestro Clint Eastwood). No conocemos su intención final, pero no debe de ser la de devolverle a las gentes su ilusión por vivir (recordemos que era la elevada ambición de Frank Capra en It´s a wonderful life), ni siquiera entretener para proporcionar un momento de evasión (lo que describía Preston Sturges en Sullivan’s travels). Más bien temo que algunos de los que vean esta película y lleven una vida poco satisfactoria sentirán que se hunden más y que nada merece la pena, porque nada tiene sentido y la felicidad es un sueño que se desvanece.

Por mi parte, invito a mirar más allá, y a descubrir una crítica contra la sociedad del consumo y del bienestar superficial, que es incapaz de llenar las vidas desde el exterior. Porque el sentido se halla en el corazón, donde es posible encontrar a Dios, y desde él, hacia fuera, todo es posible, sean cuales fueran las circunstancias. Un ejemplo de lo contrario, localizado en la misma época, se puede ver en la película La ganadora (Jane Anderson, 2005), con Julianne Moore.

miércoles, 10 de junio de 2009

Un milagro


Ya está bien de fotos horribles y malas noticias. Es hora de poner una foto impresionante y de hablar de milagros. Del milagro de la vida, que desde hace doce semanas se produce dentro de Laura, y ha dado lugar a un niño o niña, hijo o hija. Es chocante que unos padres califiquen y sientan así una vida naciente -y no sólo porque en la ecografía se aprecien la cabeza, el cuerpo y los miembros-, mientras que el paradigma oficial ni siquiera la considera humana. Una vida cambia otras vidas, en este caso las nuestras, que ahora se vuelcan hacia el nuevo centro de gravedad, expectantes, cariñosas, asombradas. Si Dios quiere (y pido oraciones para que todo marche bien, como hasta ahora), por Nochebuena habrá un nacimiento común, aparte del divino, pero para nosotros será el más especial de nuestras vidas.

viernes, 5 de junio de 2009

La España de Zp


No sabe uno si reír o llorar, y si hacerlo de vergüenza, indignación o tristeza. El país que está dejando el señor que nos gobierna es de parodia, pero también de pavor.

Veamos. Hoy nos hemos desayunado con los bautizos civiles. Pueden verse como un insulto a la religión, un insulto a la inteligencia y un insulto a la infancia. Imagino que son todo ello y más. Es increíble la cantidad de cosas que puede ser algo tan hueco y tan absurdo. Puede ser hasta una representación de la España actual, superficial, anticristiana y homófila.

No nos riamos tan fuerte, sin embargo, porque una tal Pajín, profetisa o sacerdotisa de la nueva fe socialista, acaba de vaticinar que el planeta (Tierra) va a asistir a la gran revelación: los líderes sobrehumanos, Obama y Zp, van a encontrarse en un evento histórico que transformará el mundo. Seguramente se producirá una conmoción en la fuerza, aunque ya se ha producido en mis intestinos.

Tampoco se puede olvidar, y yo no voy a dejar aquí de recordarlo, que tenemos una Ministra abortista, que afirma sin arrobo que el feto no es un ser humano, aunque sea un ser vivo, y ampara tamaño disparate en la creencia de que la humanidad de “eso” no tiene ningún apoyo científico. ¿Sabrá esta tía lo que es ciencia? ¿Sabrá acaso qué es humano? ¿Tendrá algo más que ideología en la cabeza, entre el serrín y la baba? Lo siento, no lo que le digo, sino lo poco que le digo, porque esta mujer anula mi capacidad de pensar, tiene efectos estupefacientes, me imagino que también sobre la ciudadanía en general, porque de otra forma un país entero no aceptaría tantas sandeces sin vomitar sobre el gobierno. Sin duda, en algún momento de la noche, una cuadrilla de sus sicarios trepó por mi balcón y me trepanó el cerebro, como está haciendo con gran parte de los españoles. Pero a mí todavía no me ha quitado lo suficiente como para no poder reconocer su estupidez… ¿Estará pasando como en La invasión de los ultracuerpos?

viernes, 29 de mayo de 2009

Cómplices del horror


Basta oír a la "logseada" Ministra de Desigualdad decir que un feto es un ser vivo pero no humano, para atisbar la magnitud del horror que se trae entre manos, esa Solución Final que un gobierno desquiciado quiere llevar adelante.

Acostumbro a plantear entre mis alumnos cuestiones peliagudas de este tipo, desde el aborto a las bodas gays, y suelo acabar discutiendo con dos o tres, ante el silencio del resto. Se podría pensar, y es lo que probablemente piensan ellos, que esos dos o tres representan la voz oficial de la opinión pública y mayoritaria; pero posteriores conversaciones privadas con la mayoría silenciosa me han hecho pensar que tal vez no sea así. En general, su postura es más razonable, aunque no sea muy acertada, y en muchos casos se apartan bastante de la postura de los voceros.

Acabo de leer algunas reseñas sobre libros de la época hitleriana, y he detectado con estupor el perfil de las coincidencias. También en la Alemania nazi, como ahora, una mayoría silenciosa acompañó la representación del Holocausto. Una mayoría que no sólo tenía miedo, sino que relativizaba el horror con razones tan groseras como la perspectiva laboral, el ascenso en el ejército o las ventajas económicas. Había otros aspectos que se consideraban más importantes que la sangre de inocentes, aunque sus logros se cimentasen sobre aquella.

También hoy es más cómodo callar, y arriesgado poner en primer lugar la lucha contra la injusticia, la denuncia del aborto o la defensa de la verdad. Otras cosas ocupan el primer puesto de nuestro interés, y el miedo al cambio o la pérdida no ayuda a alterar la escala de valores. Tal vez, en un futuro que espero no lejano, otra generación escriba libros denunciando la complicidad con el horror de nuestro tiempo de esa mayoría desentendida que hoy se ocupa sólo de sus asuntos.

jueves, 23 de abril de 2009

Retorno a Brideshead


“No poseemos nada con certeza, excepto nuestro pasado”. Estas palabras las pronuncia Charles Ryder, el protagonista de Retorno a Brideshead, la famosa novela de Evelyn Waugh, que acabo de leer con avidez. Es cierto que la incertidumbre impregna la novela, no sólo por la inseguridad de los personajes, sino porque nunca se sabe muy bien lo que va a ocurrir a continuación.

Pero hay otra perspectiva, desde la que sí se sabe, y es la de la gracia divina. Justamente el autor confiesa en el prólogo que su intención era ilustrar la actuación de la gracia, y vaya si lo logra. En las ocasiones en que se habla de religión (de la católica, para ser más precisos), los personajes muestran prejuicios, equivocaciones y aversiones a esta fe; pero, no obstante, siempre se tiene la sensación de que estos seres de ficción, dotados de cualidades y dinero, no parecen saber de lo que hablan, y que sus a menudo hirientes ataques al catolicismo no consiguen siquiera arañarlo. La forma en que Waugh consigue mostrarnos esto es sutil e inteligente, y en eso logra reflejar a la realidad.

Al final todo se resuelve como en la vida, de una forma a la vez lógica y sorprendente. Con la lógica y la sorpresa que siempre acompañan a la intervención de la gracia de Dios en la vida de los hombres.

martes, 7 de abril de 2009

Amor, libertad, dolor


Julián Marías afirmaba que sin libertad no hay religión. No sólo eso, sino que sin libertad no se entiende al ser humano, ni su capacidad de amar. Sin libertad, el hombre podría ser objeto del amor, pero no sería imagen divina, sino como un pájaro o un árbol, un ser incapaz de entregarse, de ser sujeto del amor. Sin libertad, el hombre no podría salir de sí mismo y donarse al otro, y a Dios, por medio del amor. No podría amar. Y para que el hombre fuera partícipe de una capacidad tan preciosa, divina, como la de amar, fue creado libre por amor.

La libertad es el instrumento que Dios ha entregado a un ser finito para que intente ser como Él, para que aprenda a amar. Es un instrumento formidable al que Dios no ha querido poner límites, aunque sólo se ejercite en su sentido propio amando y buscando la verdad. Pero todos sabemos que la libertad se emplea también para el mal, genera dolor y puede llevar al hombre al abismo. George Weigel afirma: «Dios creó un mundo de libertad porque, entre otras cosas, Dios desea el amor de hombres y mujeres que eligen libremente amarlo, igual que eligen libremente amarse unos a otros. Y un mundo de libertad es un mundo en el que muchas veces las cosas salen mal; y de ahí, precisamente, es de donde deriva el sufrimiento».

Dios ha creado al hombre libre con todas las consecuencias, aunque su deseo respecto de esa libertad sea muy concreto. Porque, como explica Scott Hahn, «si no tuviéramos libertad para decir no a Dios, no podríamos amarle verdaderamente. En consecuencia, Dios no podía crear seres libres sin permitir simultáneamente la posibilidad del mal».

La libertad humana, otorgada por Dios para que el hombre vuelva a Él por medio del amor, tiene la posibilidad de ser usada en sentido contrario, para renegar del mismo Dios que la ha concedido. No podía ser de otra forma, si tenía que ser libertad auténtica. Aunque el hombre se pierda con su mal uso, Dios no lo impedirá. Ahora no recuerdo quien lo dijo, pero el mismo infierno es la prueba del amor de Dios, que no nos arrebata la libertad que nos hace hombres ni siquiera para evitar la definitiva caída; lo que hace es permanecer hasta el final con los brazos abiertos en actitud de perdón.

lunes, 30 de marzo de 2009

La educación...


Después de la LOGSE, Bolonia. Me recuerda a la famosa frase de Luis XV: «Después de mí, el diluvio». Y vaya si diluvió sobre su hijo y demás descendientes. Pues no digamos de los educandos de mañana y la posteridad. Pero, antes de seguir despotricando, unas palabras de Francisco Rodríguez Adrados, de la Real Academia:

«La enseñanza secundaria se convierte a pasos agigantados en primaria y aun así crece el fracaso escolar. Y, en la enseñanza superior, la propuesta de Bolonia -un pequeño grupo impone su voluntad- consiste, en suma, en rebajar la Universidad al nivel de la enseñanza secundaria y sacrificarlo todo a la tecnología. El Conocimiento no interesa. Quedan el primarismo pedagógico y el especialismo».

Quien se dedique a la enseñanza hoy puede constatar que lo peor no es que los alumnos, incluso los universitarios, ignoren la Gramática, desprecien la Historia o estén ayunos de buenos modales; lo peor –y eso también es fruto del sistema– es que creen hablar claro, saberlo todo y tener siempre la razón. Son peores que los analfabetos antiguos, que al menos podían reconocer y respetar a los letrados, y peores que los menos cultivados que todavía afirmaban que «doctores tiene la Iglesia».

Por desgracia, de esto no tengo nada bueno que decir.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Aborto, esclavitud, emotivismo

Se me ha ocurrido poner un vídeo de abortos en otro foro y me han acusado de emotivismo; he puesto el cartel del lince y se ha considerado exagerado; he comparado el aborto con la esclavitud y no se entiende la comparación… No voy a reproducir aquí esos argumentos, pero sí mis respuestas:

Vamos a ver. Estar o no a favor de la vida no me parece "una simple cuestión", sino una cuestión decisiva e insoslayable; cualquier otra cuestión debe ceder su lugar ante ésta, que es previa. Se podrá plantear una ponderación de intereses cuando estén dos vidas en juego, caso raro por lo demás; no vienen a cuenta los casos de legítima defensa, salvo que ésta se plantee hacia el nasciturus, lo que me parece inaceptable (aunque puede que en la práctica sea esto lo que se esté dando). Y no estamos hablando de algo tan raro (y que tiene características muy distintas en cada caso) como ¡una separación de siameses! Estamos hablando de algo tan cotidiano como el aborto, es decir, una carnicería socialmente aceptada hasta el punto de no buscarse otras opciones que podrían ser viables con un poco de esfuerzo y de dinero... si se apreciase en algo la vida humana.

Esto se vincula con el asunto del cartel del lince. Se pone en él de manifiesto una realidad de nuestra sociedad: se organiza más escándalo (hace poco vimos desnudas y cubiertas de pintura a unas personas en la calle por un tema tan cercano como la matanza de focas) y hay más protección jurídica (un pastor fue condenado a prisión porque sus ovejas se comieron una especie protegida) cuando se trata de otros seres vivos que no son la persona humana. Es la pura verdad que se persiguen más los atentados contra una vida que contra la otra, independientemente de que se hayan puesto en el cartel criaturas nacidas y no en gestación. Yo hubiera preferido, para atenernos más a la realidad, que el cártel hubiera consistido en esto, por ejemplo, si es que queremos entrar de lleno en la verdad. Pero creo que no existe esa voluntad. (Por cierto: decir que las imágenes de abortos son un recurso emotivo que esquiva la racionalidad... me ofende, como me ofendería que alguien hubiese querido ocultar estas otras, con el argumento de que impiden razonar sobre el Holocausto).

En cuanto a la relación del aborto con la esclavitud, diré lo que pienso. Ambas son abominaciones contra la dignidad de la persona. La esclavitud estuvo socialmente aceptada durante siglos, con respaldo de las leyes y de las gentes; pero eso no la convirtió en algo bueno. Fue abolida con mucho sufrimiento, y no sólo había defensores irracionales de esta práctica, sino argumentos a su favor de tipo económico, social e incluso humanitario (muchos de los defensores de la esclavitud creían sinceramente que sus esclavos no podrían estar mejor en libertad que privados de ella y bajo el mandato de sus amos). Ahora tenemos una bestialidad de no menor envergadura, socialmente aceptada, con respaldo de las leyes; pero eso no la convierte en un bien. Espero, para rematar la comparación, que el aborto también acabe siendo abolido y cubierto de infamia, y que la vida sea defendida como un bien sagrado y no se escatimen esfuerzos para su salvaguarda. No me conformo con decir que yo me opongo al aborto y que no colaboraré con él, y mientras que los demás hagan lo que quieran; sería como decir "yo no mato, pero que los demás maten, si quieren".

Creo que no puedo hablar más claro.

martes, 17 de marzo de 2009

El Ala Oeste de la Casa Blanca


Hemos visto el último capítulo de la segunda temporada del Ala Oeste de la Casa Blanca. El final es espectacular: primero, tras un funeral en la catedral, el Presidente de los Estados Unidos se queda sólo en el templo e increpa a Dios por sus desdichas; después, tras una complicada entrevista televisiva, reflexiona a solas sobre un importante paso a dar, evoca su vida pasada y entra en conversación con los difuntos; por último, con la música del Brothers in arms, de Dire Straits, acompañando toda la escena, se pone en escena la declaración sorpresa, ante los ojos expectantes del mundo, y entonces todo cobra sentido y también las bruscas preguntas a Dios son respondidas.

Sobra decir que las comparaciones son odiosas y que ninguna serie española le llega a ésta –ni le llegará jamás– a la suela de los zapatos. Pero tampoco otras americanas de moda se le acercan, más preocupadas de exponer retorcidos líos de cama que de presentar vidas auténticas y entregadas a una causa elevada.

Sobre esto quería reflexionar. No me ha hecho pensar la fabulosa puesta en escena, el inteligente guión, la soberbia ambientación o los estupendos actores. Es el conjunto de una historia humana, de personas inteligentes esforzadas por lo que consideran una misión que merece el sacrificio de sus vidas. Con dudas, con errores, con tropiezos, pero siempre en un nivel muy lejano a lo vulgar, el de la excelencia consciente de sí misma, que permite tanto la gravedad como la sonrisa, cuando es auténtica. Esta serie merece todos mis parabienes porque consigue lo que yo más valoro en la ficción: que insufle el anhelo de vivir y ser mejor.