martes, 4 de mayo de 2010

Las cosas (que) pasan


Quienes me conocéis desde hace tanto tiempo como yo a vosotros, seguramente no sabréis de lo que os hablo. Otros sí tenéis noticia de mi devoción por el fotógrafo Chema Madoz, y de mi afición a utilizar sus obras para hablar de cualquier otra cosa. Quienes todavía no sabéis nada de mí, estaréis descubriendo mi habilidad para no hablar de nada durante un rato.

Amigos todos:

Este regalo que se derrite es un símbolo. Y que cada uno le busque el sentido que quiera. Yo veo la vida –máximo don– consumiéndose con el paso del tiempo. A algunos no nos da ni para desenvolverla. Otros ya habrán aprovechado para zambullirla en un cubata. En cualquier caso, todo pasa. Y me vienen la memoria los cientos de películas, las docenas de libros, los miles de cuadros, en los que todavía no me he detenido a respirar, elucubrar, regocijarme. Hoy además pienso en la montaña de cosas que no he dicho y la multitud de personas –algunas interesantes- a las que no he podido escuchar, aunque me cruzo con ellas con frecuencia. Entre mi timidez y mi agobio no me queda mucho tiempo, pero a veces me asalta el síndrome del diálogo frustrado, esa conversación nunca dicha, ese equívoco deshecho, esa amistad emergente, que siguen su rumbo sin inmutarse.

Será porque tengo un discurso entre manos, mejor dicho, un papel en blanco que debo llenar de palabras, y que alguien me encomendó convencido (quién lo sabe) de mis credenciales de profesor, poeta y pedante –aunque yo jamás haya empleado esas palabras para referirme a mi persona, especialmente las dos primeras-.

Perdonadme, pero se me derrite el hielecillo…

viernes, 2 de abril de 2010

Odio a Ratzinger


Es duro reconocer que hay sacerdotes que cometen pecados gravísimos, pero sería infantil negar que tal cosa puede suceder, porque no son menos humanos que los demás, y probablemente pasan una vida de más dificultades, tentaciones y sacrificios que la mayoría.

No voy a entrar en el debate de la influencia del celibato en la comisión de abusos por parte de algunos curas: plantearlo es sencillamente una estupidez. Es como decir que, por haber abjurado de la violencia y haber aceptado poner la otra mejilla, son más proclives a convertirse en asesinos en serie. La lógica y las estadísticas nos dicen que lo serán menos, porque el camino que han elegido discurre más apartado del tipo de vida que favorece el desquiciamiento sexual y sus perversiones. Son aquellos que están más inmersos en la pornografía y la promiscuidad quienes más fácilmente pueden deslizarse hacia el territorio de la aberración; pero, en cualquier caso, las desviaciones de este tipo suelen contar con raíces malsanas –congénitas o adquiridas– que es más raro encontrar en quienes viven en el equilibrio, la austeridad y la renuncia.

La cuestión por tanto no es si la Iglesia es la fuente de la pederastia: es obvio que no, porque nadie como ella la combate, y no sólo a ella, sino a cualquier reducción de la persona a objeto de placer –que, en última instancia es la raíz de todos los abusos: por eso es más raro que se den en su seno–; pero esto no significa que esté libre de la contaminación ambiental, que en nuestros días es fortísima, y que
por ello enfermen también algunos de sus miembros.

El verdadero asunto es que algunos odiadores profesionales de la Iglesia, con el apoyo de los medios de comunicación, creen haber encontrado un filón para desacreditar a Benedicto XVI. Me llama la atención cómo, los mismos que en sus tiempos de Prefecto del Santo Oficio criticaban la labor de Joseph Ratzinger, y se hacían cruces por la posibilidad de que llegara a ser Papa un “inquisidor”, hoy que es Sumo Pontífice le acusan de no haber “inquisitoriado” lo suficiente a los curas pederastas: tal vez debió haber levantado hogueras en las plazas para quemarlos.

Pero tampoco entonces le hubieran aplaudido los que ahora lo critican, porque la cuestión no es ésta, sino el odio a Ratzinger, el odio al Papa, el odio a la Iglesia. Porque son un estorbo para los que anhelan reducir al hombre a puro objeto de sus intereses y placeres.

jueves, 18 de marzo de 2010

Bella

En la parte final de esta película, la protagonista (excelente la actriz Tammy Blanchard), le dice a su amigo: “Yo quiero traer un hijo a este mundo por amor”. Pero resulta que ya está embarazada, y piensa abortar, de modo que lo que proclama es un deseo que no cree posible satisfacer en el momento presente, y piensa que la realidad que está viviendo no representa la oportunidad soñada.

Dice el Señor: “Si no amas a tu prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves?”. A esta chica se le podría decir: “Si no amas al hijo que llevas ahora en tu seno, ¿cómo amarás al que esperas tener en un futuro?”. A veces queremos un amor domesticado, del que seamos absolutos administradores de sus tiempos, sus cantidades y sus oportunidades. Pero el amor puede tener su propia iniciativa y sus propias exigencias: puede llegar llamando, en lugar de aparecer a nuestra llamada. Si amamos sólo cuando lo hemos proyectado y planificado, cuando hemos decidido el momento idóneo, nuestro amor es mera autocomplacencia, una forma bonita de hacer cosas que nos apetecen. Es ponerle un nombre que no merece al capricho.

La protagonista quiere un hijo por amor, pero el hijo se le ha adelantado y ha trastocado su ecuación. Entonces lo que toca es amor por el hijo.

domingo, 7 de marzo de 2010

Nine


Esta película, basada en un musical de Broadway, que a su vez se inspira en la película “Ocho y medio”, de Fellini, cuenta la historia de un director de cine italiano a quien ha abandonado la inspiración y que intenta recuperarla desesperadamente para hacer una película ya en marcha, que sólo cuenta con el título…

Lo más interesante es la figura de este hombre –soberbio, como siempre, Daniel Day-Lewis–, melancólico, egoísta, mujeriego, infantil, mendaz. Se halla perdido, ha confiado su vida a su talento artístico, y cuando éste se viene abajo, lo hace toda su existencia, ya que ha ido rellenando de mentiras el vaciamiento de su don. Se siente solo porque, rodeado de amigos, sólo ha sabido utilizarlos para sus fines y sus placeres. Se reconoce católico, pero no encuentra el camino de vuelta. Los números musicales ilustran su mundo interior más que la perpetua máscara de su rostro, pertrechada siempre de gafas de sol, con la que oculta su verdad. En su mundo imaginario desfilan sus debilidades, sus sentimientos de culpa, sus arraigados pecados –también en su vertiente festiva y orgiástica-, que solo esporádicamente le han satisfecho, y que ahora están lejos de devolverle el sentido.

Todos los intentos de arreglar el desastre desde su antigua vida son baldíos, ya no caben más parches. La redención parte del reconocimiento de la verdad y la petición de perdón; luego se retira y se purifica, para acabar siendo tan humilde que es capaz de empezar de nuevo con mucho más que su genialidad: una vida encauzada.

(Otros se quedarán con el vestuario ajustado, la sensualidad de las actrices, la invitación al arrebato; pero, al menos en esta película, al poco tiempo eso sólo deja el regusto amargo de lo vacío).

jueves, 4 de marzo de 2010

No hay soluciones rápidas


Pasan por la cabeza la energía invertida en agotadoras discusiones en torno al tema polémico de turno, la esperanza puesta en acciones espectaculares y argumentos brillantes en defensa de altos principios, el devanarse los sesos interminablemente para hallar la respuesta perfecta. A veces todo parece inútil, que el muro del error y el absurdo se alza incluso más alto y robusto, y la vida está cada vez más amenazada, la familia todavía más en peligro, el propio sentido común más perseguido.

Sin embargo, ningún esfuerzo por la Verdad es inútil, al menos no a los ojos de Dios. Por otra parte, ningún esfuerzo nos garantiza un éxito pronto y perenne, y esto es en lo que pienso ahora.

Hace poco vi la película “Amazing Grace”, en la que se narra la historia real del parlamentario inglés William Wilberforce, sobre todo su lucha para abolir la esclavitud, que ocupó los mejores años de su vida como una cruzada en la que arriesgó la salud y para la que sacrificó otras recompensas de la carrera política que tenía a su alcance. Finalmente, logró dar un paso importante para su objetivo, y lo consiguió cuando ya parecía imposible, precisamente por no haber renunciado a su propósito. Fue una jugada de ingenio y osadía lo que le permitió, a él y a sus compañeros, alcanzar lo que tanto deseaban.

Esta historia nos habla de que no hay que cejar en el empeño cuando se trata de una buena causa. Nos dice que hay que poner en juego la propia vida, con todas las potencias del alma, y la imaginación y el descaro por añadidura. También nos dice que no hay respuestas fáciles y rápidas, aunque todos las buscamos ansiosamente. Probablemente, la victoria no será disfrutada por quienes derrocharon más voluntad, pero acaba por llegar. Con la ayuda de Dios, será posible defender la vida humana, devolverle su dignidad y fortalecer de nuevo a la familia, aunque el muro cada vez nos parezca más inexpugnable.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Buenas noticias de Europa y el crucifijo


Por una vez, y espero que sirva de precedente, llegan buenas noticias de Europa. Resulta que el Consejo de Europa, cuyos miembros se han reunido en Interlaken, ha hecho una Declaración en la que se afirma que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no puede decidir en materias que afectan a las tradiciones o cultura de un país miembro; para ver su más inmediata consecuencia práctica, y motivo de esta Declaración, esto supone que el Tribunal no puede obligar a Italia a que retire los crucifijos de los espacios públicos. La Sentencia Lautsi carecería de valor, por tanto, y tampoco podría ser alegada en España por los laicistas para que nuestro (sic) Gobierno se anime a despojarnos de los símbolos cristianos. Encontraréis más información aquí.

jueves, 11 de febrero de 2010

Gracias, Dios mío


Hoy, día de la Virgen de Lourdes, quiero recordar una oración de Santa Bernardita, la muchacha a la que se apareció María en 1858:

“Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas; y por mi constante cansancio...., te doy gracias, Jesús.

Te doy las gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del Padre Peyramale...

No sabré cómo agradecerte, si no es en el paraíso por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los no que no viniste. Por la bofetada recibida, y por las burlas y ofensas sufridas, por aquellos que me tenían por loca y por aquellos que veían en mí a una impostora; por alguien que trataba de hacer un negocio..., te doy las gracias, Madre.

Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.

Te doy las gracias porque si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido tú lo hubieses elegido...

Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó “hermana María Bernarda”..., te doy las gracias.

Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que me colmaste de amargura...

Porque la madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación..., te doy las gracias.

Gracias, por haber sido como soy, porque la madre Teresa, pudiese decir de mí: “Jamás le cedáis lo suficiente”...

Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos, y que otras hermanas pudieran decir: “Que suerte que no soy Bernardita”.

Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevarla a la cárcel porque te vi a ti, Madre...Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable, que, cuando me veían, la gente decía: “¿Esa cosa es ella?”.., la Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico....

Por el cuerpo me diste, digno de compasión y putrefacto..., por mi enfermedad que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento..., te doy las gracias, Dios mío.

Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y por tus relámpagos, por tus rayos..., por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste... te doy las gracias, Jesús”.

lunes, 8 de febrero de 2010

Referendum sobre el aborto


Creo que Juan Manuel de Prada acierta de lleno con su artículo de hoy en ABC:

DIVERSAS organizaciones civiles anuncian la celebración, el próximo 7 de marzo, de una manifestación por la que se reclama la convocatoria de un referéndum sobre la regulación del aborto impulsada por el Gobierno. Referéndum que, como a nadie se le escapa, el Gobierno no convocaría salvo que tuviese la plena seguridad de que su regulación cuenta con el beneplácito de una mayoría social holgada (con la que, como tampoco se le escapa a nadie, no cuenta). Pero, con mayorías o sin mayorías, a favor o en contra de la regulación impulsada por el Gobierno, la petición de convocatoria de un referéndum de estas características constituye un error craso que ataca el fundamento sobre el que se sostiene la defensa de la vida, que no es una cuestión política que pueda someterse al veredicto de las urnas, ni indirecta (mediante votación en las cámaras legislativas) ni directamente (mediante plebiscito). Aceptar que la decisión de una mayoría popular o parlamentaria puede legitimar el crimen es tanto como aceptar que el crimen no puede ser definido objetivamente, sino que su definición depende de percepciones subjetivas o coyunturales; una trampa saducea que aquí se hace más vitanda, pues al fin y a la postre un referéndum de estas características nos obligaría a elegir entre un aborto libre de iure y un aborto libre de facto.

Quienes abogan por este referéndum aducen que la propia Constitución reconoce la posibilidad de convocarlo ante «decisiones políticas de especial trascendencia»; es decir, ante decisiones que afectan a la organización de la «polis», no a los fundamentos que garantizan su supervivencia. Un referéndum puede convocarse para decidir sobre el uso de la energía nuclear, la prohibición del tabaco o el ingreso en organismos internacionales, pero no sobre la licitud del asesinato, el hurto o la pederastia. Cuando las sociedades consideran que estos asuntos pueden regularse mediante meras disposiciones de la voluntad se han convertido en organizaciones criminales. Esto es lo que la nueva regulación sobre el aborto pretende; y tratar de combatir esa pretensión aceptando su premisa es tanto como incurrir en el mismo mal que se desea combatir.

Reclamar que se someta a votación una ley que conculca el derecho a la vida es tanto como admitir que el derecho a la vida puede ser sometido a votación; de hecho, al solicitar que se convoque este referéndum se está reconociendo legitimidad a su resultado, que sea el que fuere resultaría lesivo para el derecho a la vida. Los promotores de esta iniciativa aducen que «no podemos cerrar los ojos a que, de hecho y nos guste o no, en los regímenes democráticos el derecho a la vida se somete a votación». Aquí convendría especificar que no son los regímenes democráticos los que amparan tal dislate, sino la degeneración de tales regímenes en formas de idolatría o cesarismo democrático que, en lo que Zapatero llamaba cínicamente en su plegaria negra de Washington «la propia búsqueda del bien» (o sea, la consecución del interés), no vacilan en pisotear los fundamentos éticos que garantizan su propia supervivencia. Contra la degeneración de los regímenes democráticos no podemos, en efecto, cerrar los ojos ni prestar asentimiento, reclamando la convocatoria de un referéndum sobre una ley que conculca el derecho a la vida. Pues, más allá de lo que deparase ese hipotético referéndum, se está aceptando que mediante votación se pueda legislar sobre los fundamentos éticos que garantizan la supervivencia de la comunidad humana, y hasta su propia calificación de «humana».

Creo, en fin, que a nadie regocijaría tanto la convocatoria de un referéndum de estas características como a los enemigos de la vida. Casi tanto como a mí me duele escribir este artículo.

lunes, 18 de enero de 2010

Las palabras de Monseñor Munilla


Han armado bastante revuelo las palabras del nuevo Obispo de San Sebastián sobre la tragedia de Haití. Llego un poco tarde al debate, pero me parece que, en lo que de verdad interesa de este asunto, la cuestión no ha perdido vigencia.

Veamos. El Obispo se ha referido a la cuestión del mal, situándola en un contexto teológico; el problema es que lo ha hecho en un medio de comunicación, sin advertir lo sencillo que era sacar sus palabras de aquel contexto, contando además con enemigos declarados como los tiene. Pero el asunto estaba correctamente expuesto, y lo que dice es exacto. Esto es: para Dios no hay mayor mal que el pecado, como bien dijo el propio Cristo camino del Calvario, cuando exhortó a las mujeres a que llorasen por ellas mismas. No hay que olvidar que pecado no es una simple trasgresión de una disposición moral, sino algo más profundo y amplio: el alejamiento del hombre de Dios.

Ante el drama del pecado que aparta al hombre del Amor, la Verdad y la Vida, cualquier otro avatar de la existencia es relativo. Porque Jesús ya advirtió, en contra de los criterios puramente terrenales, que el hombre sufriente en este mundo podía ser bienaventurado y heredero de la gloria eterna. No quiere esto decir que la felicidad penda por completo del más allá, porque todos somos testigos de los casos de personas que alcanzan el más allá de su enfermedad, su pobreza o su desgracia en esta vida, con fe, esperanza y caridad; y otros, sobrados de medios materiales, deambulan vacios por una existencia a la que no aciertan a dar sentido.

Monseñor Munilla pretendía advertir a nuestra sociedad acomodada y desnortada que la tragedia de Haití es terrible y exige nuestra solidaridad; pero que no podemos olvidar que también aquí vivimos una tragedia aún mayor, la de quienes se apartan de Dios y se hallan rendidos al sinsentido. Y, a la vista de ciertas reacciones, el drama alcanza incluso la dimensión de quienes ignoran el mal que padecen.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Domingo gaudete




Ayer, domingo día 13, tercero de Adviento, es conocido como “gaudete”, por la exhortación de San Pablo a los filipenses –“Estad alegres, os lo repito, estad alegres en el Señor”– y las demás lecturas de la liturgia de ese día, que giran en torno al tema de la alegría. Además, antes la Iglesia reservaba para ese día el uso del color rosa.


En este contexto ha nacido Julia –en rigor, sólo cinco minutos después de que empezara– y nadie tiene que decirnos ya que estemos alegres. El milagro se ha hecho un trocito de carne que ya vive en su propio espacio dentro de nuestra casa.

viernes, 4 de diciembre de 2009

La cadena invisible


Chesterton, en su maravilloso libro sobre San Francisco de Asís, plantea una idea que me ha hecho pensar durante años, y que me ha ayudado a ver luces en la vida. Afirma, en un determinado momento, que Cristo era como San Francisco. Explica esto acto seguido:

“He aquí lo que quiero significar: que si se encuentran ciertos enigmas y frases difíciles en aquella historia de Galilea y se da con la respuesta de aquellos enigmas en la historia de Asís, ello demuestra, en realidad, que ha sido transmitido un secreto en una sola tradición religiosa, y en ninguna otra; demuestra que el arca cerrada en Palestina puede ser abierta en Asís, porque es la Iglesia quien guarda las llaves”

Un poco más adelante, aclara un algo más: “Parece probable que, si se encuentra una misma verdad en los dos extremos de una cadena de tradición, esta Tradición ha conservado la Verdad”

Dicho con mis palabras: el Espíritu siempre está en la Iglesia, aunque su exponente más santo se pueda encontrar unas veces en San Pedro y otras en una pobre choza. Al comparar con Cristo, encontramos a la Iglesia. Misteriosamente, los santos son fieles a la Iglesia, y es curioso que en sus vidas, casi como norma, se encontraran con dificultades y zancadillas puestas por la misma Iglesia, que sin duda, de forma que podríamos llamar irónica, seguía cumpliendo su misión de ayudar a santificar a los bautizados.

A veces, sobre todo en los primeros tiempos de mi fe incipiente (que ahora puede ser “incipiente grado 2”), me planteaban dudas acerca de cuestiones polémicas en las que la Iglesia daba respuestas que yo no podía entender, aunque tenía que compartir. Algunos en mi entorno se ponían etiquetas de cristianos con logotipos distintos y variados, y quitaban y ponían cosas a lo que me habían enseñado que debía de ser la Iglesia, con el consiguiente desconcierto. Al final concluí que esa misma Iglesia que me provocaba dudas a mí y a otros rechazo en algunos temas, era la misma que me había presentado a Cristo, la misma que me acogía en el momento del arrepentimiento, la misma que me enseñaba el camino de la felicidad, la misma que me animaba en los momentos de depresión. Y si era la misma que yo a veces no entendía, el problema no era de ella, sino mío, porque mis objeciones eran tan pequeñas frente a la magnificencia de su amor, que sólo podían deberse a mi ignorancia. ¿Cómo podía cuestionar el amor de quien me había enseñado a amar? ¿Cómo podía decirle, a quien me había descubierto a Jesús, que no era como me lo contaba? Preferí ser hijo y discípulo, antes que crítico y revolucionario –la crítica, para mí, pensé, y la revolución, es lo que le va haciendo falta a mi vida–.

Con el paso de los años he ido comprendiendo todo aquello que me desconcertaba: era culpa mía. Nunca dejé de confrontar nada con la razón por el hecho de que fuera exigencia de la fe; pero ésta me ayudaba cuando la otra no podía. Con razón decía Juan Pablo II que la fe y la razón son las dos alas que elevan al espíritu humano al conocimiento de la verdad: así es como lo he vivido. Tampoco es que yo sepa mucho; pero si me fijo en los santos, entiendo muchas cosas, y veo a la Iglesia viviendo a través de ellos, como una cadena invisible con la que Dios atraviesa la Historia.

domingo, 22 de noviembre de 2009

La vida que desborda


La vida es un simposio (no precisaré de qué). En un simposio cualquiera, celebrado en una universidad a orillas del mar, asiste uno a ponencias deslumbrantes y a fraudes conferenciales; participa uno de aplausos y bostezos; se huye del sueño que nos alcanza, y no acaba de alcanzar los sueños que siempre nos rehúyen; comenta puntos de vista doctrinales, y pone a la vista de todos algunos puntos (o verrugas) de la doctrina; se ríe de cualquiera y de uno mismo, pero más de los primeros; se entera de cosas que no sabía, y sobre todo se entera de que no sabe prácticamente nada; se vuelve a encontrar a personas que apreciaba, a otras que menos, y a algunas no las encuentra, pero siempre hay novedades interesantes.

Todo comienza con un viaje iniciático, y el regreso es un viaje agónico. La maleta vuelve llena de nuevas perspectivas, porque la vida no se agota, se agota uno antes. Y en compartimentos olvidados, se oyen risas; en baúles cerrados, bullen ideas; en rincones oscuros, brilla una luz misteriosa. La vida suma y sigue, continuamos descubriendo nuevos pasadizos, abriendo puertas que permanecían ocultas, saludando rostros desconocidos que nos reflejan y que resultan ser compañeros de trayecto o de celda o de existencia. La casualidad, el azar, lo imprevisible forman parte de este trajín vital que nos traemos entre manos. Ya dijo Julián Marías que la vida humana es incierta. Y la incertidumbre nos desborda.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Dónde apoyamos la fe


Que conste, para empezar, que mi fe no es más grande que un grano de mostaza… Y aun así, creo que Dios es lo más importante, pero falta el ajuste coherente con la vida que se supone que cree eso.

Últimamente veo cosas que me hacen pensar. Son tiempos difíciles, los creyentes están agobiados por el entorno social y político, parece que nada es favorable… ¿Y cuándo lo fue? Es cierto que pueden matar nuestro cuerpo, pero ya se nos advirtió que eso no es lo verdaderamente peligroso. El peligro viene de quien puede condenar nuestra alma. Y en nuestra alma se pueden sentir las presiones de los malos tiempos y la hostilidad social y política; pero no es menos mala la comodidad de los días en que el viento sopla a favor. Para nuestra alma, insisto, que es lo importante.

Relativizo los peligros, pero aquí mi intención era relativizar las esperanzas. Miro en mi derredor a los que creen como yo, y observo que se agarran con ilusión de niños a pequeñas o grandes cosas que a mí no me acaban de entusiasmar porque las veo… demasiado de este mundo. Grandiosas manifestaciones, cristianos separados que quieren volver a la Madre Iglesia, programas televisivos exitosos o pelis de valores que atraen al público. Todo eso son fruto y señal de algo bueno; pero mucho me temo que solemos valorarlo con parámetros esencialmente humanos, lo que, por otra parte, es muy humano.

¿Qué más da que hubiera treinta o cuarenta personas más en misa? ¿Sabemos acaso por qué estaban allí? Dios no cuenta, Dios ama. Mi fe se apoya en el Amor de Dios, y no en la esperanza que pudieran traerme grandes masas de –supuestos– cristianos saliendo de debajo de las piedras. ¿Somos muchos? ¿Somos pocos? Cada alma es lo que importa a Dios, que no lee las estadísticas. Un hombre solo basta para encontrar esperanza, si cree en Dios. Me gusta pensar a veces en esos mártires anónimos, que no figuran en ninguna lista, y que dieron su vida por la fe rodeados de enemigos, perdonando a los que los mataban, sin que nadie luego recordara su nombre ni quedara memoria de su gesto. Dios lo recuerda, porque Dios ama, y en eso es en lo que creo.

sábado, 24 de octubre de 2009

Abolir el aborto


Tal día como hoy, hace una semana, nos manifestamos unos cuantos en Madrid, en defensa de la vida y contra el crimen del aborto. He tardado en referirme a ello, estoy liado con mil tareas, pero no es algo que se pueda dejar pasar.

La cosa es grave, y parte de su gravedad estriba en la anestesia, desinterés o complicidad de buena parte de la sociedad. Ya lo dijo Julián Marías, y se ha repetido mucho: lo peor de todo es la aceptación social del aborto. Puede que esto esté cambiando lentamente –en EEUU se dice que hay más concienciación–, pero en España parecemos empeñados en adentrarnos todavía más en la barbarie. Es culpa de un Gobierno miserable –que conste que me dan igual las siglas– y de una sociedad pasiva. No podemos quedarnos quietos, es preciso ABOLIR EL ABORTO. Como se hizo con la esclavitud en su momento, no se trata de algo de menor trascendencia.

Se trata de una tarea heroica, que implica el compromiso de todos los ciudadanos dispuestos a luchar por lo que es justo y contra lo que es inmoral. Juan Manuel de Prada lo ha expuesto muy bien, y a sus palabras me remito.

domingo, 4 de octubre de 2009

Hablar a los tontos


He descubierto la estrategia del Partido Socialista, esa que no podía ver oculta tras la aparente estulticia de sus argumentos. No, no es que piensen que somos tontos, esto no es más que la típica salida despectiva. Lo que ocurre es que saben que hay tontos, en realidad muchos tontos –en buena parte se deben a su labor “educativa” por las vías de la escuela y la televisión–, sin ánimo de menospreciar a los discapacitados mentales de cualquier tipo. Me refiero a los tontos lelos, zafios, ignorantes, asilvestrados. Esos que ha producido el socialismo como criaturas votantes. Hay muchos, lo saben, y se dirigen a ellos como lo que son, aunque los demás quedemos desconcertados.

Así, el tal Pepiño Blanco puede aparecer defendiendo las medidas económicas de su Gobierno con apelaciones lacrimógenas a las viudas, más propias de un serial radiofónico de la época de Franco que de un tío que se dice progre. Otras veces le hemos podido oír que se declaraba católico, como coartada para pegarle una patada al Iglesia en la cabeza, y no importa que cualquier católico o persona de bien pueda entender perfectamente que este señor como mucho estará bautizado, y que eso no basta para ir de católico por la vida. Suena un poco como el lema chistoso de «el monte es de todos, quema tu parte».

Todo esto da igual, porque los tontos, muchos tontos, a los que habla el tal Pepiño se tragan esos mondongos sin rechistar, los aplauden con las orejas y le cambian el nombre a su madre si lo manda el albacea de la memoria histórica. Van a ganarse sus votos, y les da lo mismo qué piensen los demás, porque con esos les basta.

lunes, 10 de agosto de 2009

Up


Desde que vi la última película de Pixar, el día de su estreno, no he tenido mucho tiempo para pensar en ella (este verano toca trabajar), pero sus escenas relampaguean de vez en cuando en mi mente, y me voy dando cuenta de que tiene, por decirlo coloquialmente, mucha miga.

La historia de un abuelo, de un niño, de animales, de un viaje extraordinario… da para mucho si se le echa imaginación y humanidad. Pero me quiero quedar con la primera parte de la película, unos pocos minutos no habrán dejado de emocionar a nadie que los haya visto. Es la vida de un matrimonio, contada, tras apenas unas palabras iniciales, en secuencias que tienen un acompañamiento musical muy significativo, y que resumen brevemente el amor, la esperanza, la superación de los problemas, los proyectos realizados y los truncados, la supervivencia y el sentimiento de culpa, los recuerdos… y podría seguir.

Emociona esa parte (no quiero contar nada, aunque es fácil de intuir, y sólo es la premisa del resto de la historia –¿sólo?–) porque cualquiera se puede identificar con ella, porque es una historia humana, biografía a grandes pero elocuentes trazos, que resume (no reduce) lo que es la vida personal, pero al mismo tiempo insinúa sus múltiples proyecciones, lo que creo que Julián Marías llamaba «las trayectorias». Cuando la lágrima se anuncia temblorosa al final de este breve relato introductorio, lo que ocurre es que los creadores de esta obra maestra han sabido retratar con mano maestra el momento de lo que llamaré «la pérdida» que, en la dimensión personal, incluye mil cosas: no sólo el cuerpo material, el alma y la esfera emotiva, sino también los proyectos, las ilusiones, las «inversiones» aparentemente no recuperadas, los arrepentimientos que no vendrán seguidos de enmienda «porque ya no se puede», las oportunidades perdidas, la memoria del amor, que también es la propia vida del corazón que aún late…

Luego viene lo demás, que también es muy bueno y lleno de cosas profundas (cuando tenga tiempo de pensar en ellas). Pero me quedo con ese principio acompañado de un piano, creo, que va flaqueando sus notas, pero que sigue, porque mientras haya vida… hay vida.

viernes, 31 de julio de 2009

Buster Keaton


Anoche fuimos a un acto cultural que ofrecía la bella ciudad de Pamplona, que nos acoge estos días. Se trató de una proyección cinematográfica, “El héroe del río”, de Buster Keaton, con acompañamiento de piano, como en el tiempo en que se estrenó, 1928. Fue una experiencia muy estimulante, pero al poco rato se nos olvidó la cultura, el piano y la pose erudita para desternillarnos de risa, sin más, con el resto del auditorio.

Porque Buster Keaton fue un genio indiscutible al que, en su tiempo, le negaron el pan y la sal, y lo frustraron hasta el punto de que interrumpió su brillante carrera por culpa de la bebida. Una pena, humanamente hablando, y una desgracia para el cine y la cultura en general, por lo mucho que podía haber hecho todavía. Su humor surrealista, inagotable, y sobre todo físico, sigue plenamente vigente, como se comprobó anoche, cuando la gente lloraba de risa viendo sus gags. Se le llamó Cara de palo, o de piedra, pero en realidad todo el cuerpo lo tenía así, porque desde los tres años se aficionó a darse trompadas, y me consta que una vez se rompió hasta el cuello, imagino que para jolgorio del respetable.

Pero, más allá de las anécdotas, hay que celebrar a un genio del cine, y la mejor forma es seguir viendo sus películas.

miércoles, 8 de julio de 2009

La crisis


Anteayer fue el chupinazo con el que se inauguraban las fiestas de San Fermín de 2009, y una multitud borracha, o a poco de estarlo, se convertía en masa en la plaza del ayuntamiento de Pamplona. El locutor que retransmitía el evento comentaba que para esas personas “no había crisis”.

Tampoco debía de haberla para las que, horas después, se apiñaban en el estadio Santiago Bernabeu, con un frenesí morboso, dispuestas a asistir a la presentación de Cristiano Ronaldo como nuevo jugador del Real Madrid, y dispuestas, si llegaba a estar al alcance de sus dedos, a comérselo vivo con furor orgásmico, tal y como le ocurría al protagonista de “El perfume” al final de la novela. Poco después, miles de esos hinchas, aún ebrios de exaltación, saqueaban la tienda del Club cartera en mano para llevarse una camiseta de su ídolo al módico precio de 85 euros la pieza. Esta vez el locutor, tal vez sin saberlo, acertaba al bautizar al fenómeno como “un nuevo becerro de oro”.

Parece que no hay crisis ante estos derroches de dinero y alegría febril. Pero lo cierto es que esto es la crisis pura, ni siquiera uno de sus síntomas, sino su manifestación en lo que de verdad importa. Porque la crisis ante todo es moral, señala la agonía de una sociedad abocada al consumo desenfrenado y a la experiencia de vértigo, seducida por la banalidad de nuevos dioses de oro y barro, adicta a la excitación del momento y a la compañía del rebaño. Es la rebelión de las masas, la exaltación de lo superficial y lo mediocre, la reducción del valor al precio, la traición a Dios, la que hoy preocupa solamente por su aspecto económico.

Pues la crisis está en pleno auge.

viernes, 3 de julio de 2009

Gramática televisiva


Ver las noticias diariamente es un ejercicio que me hace sentir maestro de escuela, de los de antes, que examinaban de ortografía y gramática a los alumnos, vara en mano y ciento volando.

Hoy hemos oído que un encausado ha ido a los tribunales “a rendir cuentas con la justicia”. Al parecer, el criminal iba a coger a unos cuantos jueces del bracete para, todos juntos, encaminarse a una instancia superior (¿Dios?) que les pasaría factura por sus desmanes en esta vida. Vista irónicamente, la expresión es certera, pues está la justicia para pedir tantas disculpas como los delincuentes; pero no se caracterizan los informativos precisamente por su agudeza, de modo que habrá que achacarla a la incultura.

A pesar de su ignorancia, estos periodistas tienen un punto poético reseñable. No de otra forma se puede explicar su manifiesta inclinación al uso de tropos y figuras literarias propias de orfebres del lenguaje. Entre todas destaca la hipérbole, que habría que achacar en una tercera parte a su propensión a la exageración, y en las otras dos a su analfabetismo. Su nulo conocimiento de la Historia les permite exaltar lo que es flor de un día con expresiones como “record mundial” (aunque haya varios empatados en el logro), “nunca antes” (una de las frases preferidas de algún periodista deportivo, que no deja de proferir cada día), estar “absolutamente destrozado” (por una derrota futbolística o por un accidente).


En realidad, los periodistas deportivos y sus patrañas merecen entrada aparte, la dejaremos para otro día.

lunes, 29 de junio de 2009

Revolutionary Road


Esta película, dirigida por Sam Mendes, sigue la línea desesperanzada de su primer título famoso, American Beauty, donde retrataba a una familia americana moderna –un matrimonio y su hija adolescente– en pleno desmoronamiento. En esta ocasión se trata de otro matrimonio, más joven, aunque ya tienen dos hijos, en algún momento de la década de 1950, época que durante años se ha presentado como un tiempo idílico y que ahora parece estar en pleno proceso de revisión desmitificadora para sacar a la luz sus miserias (piénsese en la serie Mad Men).

El matrimonio de esta película –los hijos son apenas inexistentes, como fantasmas que no cuentan– está formado por un par de ilusos que no ven más allá de sus narices, o, mejor dicho, que no quieren más allá de sus narices. Consideran sus vidas vacías y sus sentimientos agotados, y por ello buscan con desesperación otra oportunidad para motivarse, un asidero externo que les agarre a la vida. En triste paradoja parecen sentirse “atrapados por la vida”, que para ellos no tiene sentido. Sus conversaciones son sartas de reproches en las que, con asombro, parecen descubrir, después de una época de introspección, que tenían otra persona delante, que incluso vivían con ella; pero otra persona que no era la de sus fantasías, la de sus falsas suposiciones, aquella que les había hecho promesas que en realidad nunca se habían pronunciado. Cada uno de los protagonistas –muy bien encarnados por Kate Winslet y Leonardo DiCaprio– vive sólo para sí, y por eso no entiende al otro, no se encuentra con él –salvo los encontronazos– y se aleja progresivamente de las posibles vías de redención –el sacrificio, el perdón–.

Sus ilusiones, mal cimentadas, no sólo se difuminan, sino que estallan en pedazos ante los graves lastres a los que se enfrentan: el egoísmo, la cobardía, la irrealidad, la superficialidad. También, no hay que olvidarlo, la falta de fe, de trascendencia, pues en no pocos momentos, los protagonistas son como adictos a una inmanencia –que, en quien no cree, siempre supone el anhelo de “otra vida” material distinta a la que tiene, que ya considera agotada–, y como seres que tienen nublado el entendimiento y colapsada la moral, se llevan por delante lo que sea, como se pone de relieve crudamente en el episodio del aborto. Merece mención aparte el personaje del esquizofrénico, que a la postre resulta el único cuerdo de la función, capaz de dibujar con afilada exactitud los verdaderos contornos del drama, aunque nunca aporte algo de ánimo; en un momento dado, ante una afirmación del protagonista, comenta: “Cualquiera puede confesar que su vida está vacía, pero hace falta valor para reconocer que es irremediable”.

Al final, Sam Mendes sólo nos presenta otro retrato de la falta de esperanza trascendente (en esto, también es un maestro Clint Eastwood). No conocemos su intención final, pero no debe de ser la de devolverle a las gentes su ilusión por vivir (recordemos que era la elevada ambición de Frank Capra en It´s a wonderful life), ni siquiera entretener para proporcionar un momento de evasión (lo que describía Preston Sturges en Sullivan’s travels). Más bien temo que algunos de los que vean esta película y lleven una vida poco satisfactoria sentirán que se hunden más y que nada merece la pena, porque nada tiene sentido y la felicidad es un sueño que se desvanece.

Por mi parte, invito a mirar más allá, y a descubrir una crítica contra la sociedad del consumo y del bienestar superficial, que es incapaz de llenar las vidas desde el exterior. Porque el sentido se halla en el corazón, donde es posible encontrar a Dios, y desde él, hacia fuera, todo es posible, sean cuales fueran las circunstancias. Un ejemplo de lo contrario, localizado en la misma época, se puede ver en la película La ganadora (Jane Anderson, 2005), con Julianne Moore.