Paul Haggis debe de ser un tipo bastante listo. Gracias a Crash ganó el óscar a la mejor película y al mejor guión. Además le debemos los guiones, entre otras, de Cartas desde Iwo Jima y Million Dollar Baby. En su última película, En el Valle de Elah, vuelve a repetir múltiples facetas, que también le han sido reconocidas. Es un cine inteligente, lleno de cargas de profundidad, que sabe aprovechar a través de la hábil dirección de excelentes actores.
En esta última película se cuenta una historia vinculada a la guerra de Irak, pero que se desarrolla en Estados Unidos. Un padre –Tommy Lee Jones, cada vez más surcado de tristezas– busca a su hijo, que ha vuelto de aquel conflicto como un veterano invisible. Su dolor y el de su madre –la siempre increíble Susan Sarandon– crecen a lo largo de la historia, con subrayados que son casi siempre silencios, miradas perdidas, ansiedades que tratan de espolear esperanzas que exhalan su último suspiro. Colabora en la búsqueda una policía que arrastra su propio saco de problemas, una Charlize Theron que no parece ella, sino una chica cualquiera o una estrella apagada. Las implicaciones humanas son tremendas y terribles, y los esfuerzos se ven recompensados con la confirmación de una tragedia que deja de parecer humana.
Es una película que va más allá de lo político o lo policíaco, y retrata el dolor de las personas. Un dolor que arrastra los pies por un pasillo con el peso del mundo bebiéndose los corazones. Un dolor que en cada gasolinera o lavandería quiere ver lo que ya no existe. Un dolor que clava su dedo en el pecho para sobresaltar a media noche al que estaba rendido. Un dolor que se agiganta en la desesperación de quien ha dejado de comprender.
Pero los hombres se sobreponen, y desde el dolor y la incomprensión piden ayuda. No era preciso el subrayado final, ya sabíamos que sólo Dios podía acudir en su auxilio.
En esta última película se cuenta una historia vinculada a la guerra de Irak, pero que se desarrolla en Estados Unidos. Un padre –Tommy Lee Jones, cada vez más surcado de tristezas– busca a su hijo, que ha vuelto de aquel conflicto como un veterano invisible. Su dolor y el de su madre –la siempre increíble Susan Sarandon– crecen a lo largo de la historia, con subrayados que son casi siempre silencios, miradas perdidas, ansiedades que tratan de espolear esperanzas que exhalan su último suspiro. Colabora en la búsqueda una policía que arrastra su propio saco de problemas, una Charlize Theron que no parece ella, sino una chica cualquiera o una estrella apagada. Las implicaciones humanas son tremendas y terribles, y los esfuerzos se ven recompensados con la confirmación de una tragedia que deja de parecer humana.
Es una película que va más allá de lo político o lo policíaco, y retrata el dolor de las personas. Un dolor que arrastra los pies por un pasillo con el peso del mundo bebiéndose los corazones. Un dolor que en cada gasolinera o lavandería quiere ver lo que ya no existe. Un dolor que clava su dedo en el pecho para sobresaltar a media noche al que estaba rendido. Un dolor que se agiganta en la desesperación de quien ha dejado de comprender.
Pero los hombres se sobreponen, y desde el dolor y la incomprensión piden ayuda. No era preciso el subrayado final, ya sabíamos que sólo Dios podía acudir en su auxilio.




