miércoles, 30 de abril de 2008

Puente


¡Nos vamos de puente! No voy a decir adónde -aunque la foto es una pista-, pero sólo diré que nos espera una buena jornada de coche. Nos hemos comprado ropa de campo, casi de camuflaje, para que, si nos perdemos, nadie nos encuentre. Porque queremos perdernos, aunque también queremos encontrarnos, pero no que nos encuentren.
En fin, esta entrada es un poco light y un poco insustancial, pero tenía que decir que el blog estos días estará cerrado por vacaciones -en días pasados ha estado cerrado por trabajo, que esto es no parar-. Deseo a todos los lectores y visitantes que todavía se confunden y entran aquí, que lo pasen igual o mejor estos días, y se relajen un poquito.
Saludos.

miércoles, 23 de abril de 2008

Día del Libro


Hoy, 23 de abril, es una de mis fechas preferidas del año. Se celebra el Día del Libro, por aquella confluencia, más bien legendaria, de las muertes de Cervantes y Shakespeare, en el lejano 1616. La cuestión es que hoy los libros salen a la calle, y, lo que es más importante, con descuento, aunque sea chico. Todos los años reservo algunos títulos, especialmente caros, para conseguirlos este día a un precio más bajo. Lo preparo durante semanas, y desde muy temprano me lanzo a la busca y captura de mis objetivos.

Este año las grandes librerías me cogen más lejos. Además, en mis previos acercamientos, no le logrado localizar los títulos deseados. Así que he probado suerte por internet, y ¡oh sorpresa! no sólo he encontrado los libros que buscaba, sino que también por esta vía se aplica el descuento festivo, espero que no sólo con carácter virtual.

En definitiva, por no volverme loco –siempre compro la décima parte de lo que hubiera querido–, he encargado dos libros tras los que llevaba algún tiempo: “El gran libro de la mitología griega”, de Robin Hard, con el que espero refrescar los recuerdos de otros libros parecidos que leí con fruición (utilizo esta palabra para resaltar la repelencia) en mi infancia; y “Cristina, hija de Lavrans”, novela histórica de Sigrid Undset, premio Nobel noruega convertida al catolicismo, con el que espero sorprender a mi madre en su próximo cumpleaños (bueno, el hecho de que sea un libro no creo que la sorprenda demasiado).

En conclusión, mi Día del Libro este año ha sido un poco más frío y menos aventurero de lo habitual, pero, qué queréis que os diga, me parece que repetiré.

lunes, 21 de abril de 2008

Soledad


La otra noche me desvelé. Llovía con fuerza en la calle, mientras la casa parecía un refugio seguro, pero no indestructible. Además había cenado demasiado –y comido y merendado demasiado– y mi cuerpo estaba incómodo y rebelde. Después de un rato de dar vueltas, me fui al brasero y encendí la tele. No conocía la programación de las cinco de la madrugada. Enseguida descubrí que era de relleno y desolación. Aparte de una retransmisión en directo –desde Pekín, claro– de natación sincronizada (que sólo verían las emocionadas madres y los fastidiados novios de las chicas), únicamente encontré programuchos de esos en que un presentador pretende vender alguna burra coja a cambio de una simple llamada telefónica de avaros colmillos.

Entre tanta morralla, uno de estos programuchos atrajo mi atención. Una mujer rubia y ojerosa permanecía inmóvil, mirando fijamente a la cámara, con una mano posada amenazadora sobre el teléfono. La imagen siguió estática durante un rato, y pensé que la señal se había bloqueado. Hasta que de pronto, la pétrea presentadora bramó: “¡Tenéis que llamar ahora!”. Su tono era de ultimátum, pero latía en él la desesperación. Nadie la acompañaba, ni dentro ni fuera del estudio. Probablemente hasta el cámara se había ido a dormir, tras haber aleccionado a la mujer para que no abandonara el encuadre fijo y continuo. Me sentí interpelado, como si la presentadora hubiera estado aguardando en vela mi incorporación al programa. Adiviné su soledad abrumada como una enfermedad contagiosa que esperase propagarse por vía telefónica. Rápidamente apagué la tele y me dediqué a escuchar el tranquilizador rugido de la tormenta.

miércoles, 16 de abril de 2008

Apocalypse now (redux)




«El horror… El horror…». Las palabras de Kutz son, en su cadencia de estertor, la mejor definición de la pesadilla que Willard y sus hombres protagonizan, alcanzan o arrastran (nunca se sabe) a lo largo de un río serpenteante en el que se tropiezan con coroneles surfistas, con Wagner, con helicópteros, con el napalm, con tigres, con cabezas cortadas y con chicas playboy. Un viaje al corazón de las tinieblas, que tal título le puso Joseph Conrad, aunque él lo escribió pensando en el Congo y no en Vietnam. Coppola y Martin Sheen hicieron su propio viaje atormentado, del que casi no vuelven, rodando la historia en Filipinas, y rodando sus vidas en drogas, locura y alcohol. Al volver traían bajo el brazo el alma aterida y una obra maestra forjada en la fragua de lo insoportable, donde el hombre corre el peligro de despeñarse por los precipicios del sinsentido. Supongo que sólo un par de católicos pudieron llegar tan lejos y regresar; otros no hubieran llegado, por no creer en el pecado, o no hubieran vuelto, por no concebir el perdón.

Por fin la he visto. Y me he quedado con el alma aterida bajo el brazo.

martes, 8 de abril de 2008

Charlton Heston


Ha muerto Charlton Heston a los 83 años, y esta entrada es homenaje a él. Porque es un icono del cine, del mejor cine, y forma parte de la imaginería del siglo XX. Porque participó en películas míticas que han pasado a la Historia y que no me canso de ver. Porque estuvo toda la vida casado con su única esposa, que estuvo a su lado al morir. Porque el impresentable de Michael Moore la tomó con él porque defendía lo que en Estados Unidos es un derecho constitucional. Porque estuvo al lado de Martin Luther King y luchó por el fin del racismo.

Otras razones son sus personajes inolvidables en pelis inolvidables. El violento y valiente hacendado Christopher Leiningen de «Cuando ruge la marabunta». El bíblico Moisés de «Los diez mandamientos». El discreto inspector Vargas de la fabulosa «Sed de mal». El rudo capataz Steve Leech de «Horizontes de grandeza». El príncipe Judá «Ben-Hur». El épico Rodrigo Díaz de Vivar de «El Cid». El genial Miguel Ángel de «El tormento y el éxtasis». El iluminado «Mayor Dundee». El desubicado astronauta Taylor de «El planeta de los simios». El entrañable Will Penny de «El más valiente entre mil»… Por citar algunos.

Le debemos mucho de nuestra educación sentimental y de nuestra cultura. Sus personajes, siempre fuertes y algo primitivos, encerraban un hombre viril e íntegro, a veces tozudo, a veces ignorante, pero siempre valiente, que hoy ya se ve poco. Y sus besos a las actrices fraguaron un escorzo de rudeza inigualable. Charlton, aquí te recordaremos.

martes, 1 de abril de 2008

Me pongo serio


Hoy me tengo que poner serio, o más bien parecerlo, porque no me tomo a broma casi ninguno de los temas que trato. Pero hay cosas más importantes por el mundo, y lo responsable es referirse a ellas. Lo haré procurando no alzar mucho la voz.

Estos días se habla en la prensa de la conversión al catolicismo de un periodista musulmán, Magdi Allam, que fue bautizado por el Papa Benedicto XVI el día de Pascua. El nuevo converso, de nombre de pila Cristiano, ha confesado abiertamente que desde hacía años estaba amenazado por denunciar el radicalismo y falta de libertad del Islam, y reconoce ser consciente de que su apostasía le adjudica una condena a muerte. Este caso pone sobre la mesa la falta de libertades que todavía hoy nuestra democracia oculta bajo su nombre destellante. Falta de libertades porque no se pueden ejercitar, porque hay miedo a hacerlo, y porque la sociedad se vuelve de espaldas ante este problema. Un problema que además crece en la misma medida que lo hace el Islam entre nosotros, sin que con esto quiera decir que el Islam sea el problema. Lo es nuestra cobardía y pérdida de principios.

La otra cara indecorosa del asunto es cómo desde medios progres se han deslizado veladas críticas al bautismo de Allam por el Papa. Estos progres se empeñan en convencerme, a pesar de mis denodados esfuerzos por ser imparcial, de que odian a la Iglesia por encima de todas las cosas, y que si para ello tienen que negar la libertad o la dignidad, lo harán con mucho gusto. Digo esto porque estoy convencido de que otra hubiera sido su reacción en el supuesto de Allam se hubiera hecho budista y hubiese sido el Dalai Lama el que hubiese dado la bienvenida al nuevo converso. No tienen remedio, y me temo que con este talante seguirán despreciando las muchísimas cosas buenas que la Iglesia puede aportar a la sociedad democrática. Mientras su dilecto y tolerante Islam gana terreno.

sábado, 29 de marzo de 2008

Termópilas


En el año 480 antes de Cristo, Jerjes, que por entonces gobernaba el inmenso imperio persa, tomó la decisión de invadir Grecia. No era especialmente el deseo de aumentar sus dominios lo que le movía, ya que la tierra griega no destacaba por su riqueza, sino sobre todo el ánimo de desquite por lo que le ocurrió a su padre, Darío, derrotado por los helenos en Maratón. Así, como cuenta Herodoto, reunió el mayor ejército conocido, que por donde pasaba secaba los ríos.

Los griegos, obviamente, se alarmaron. Pero destacó la reacción de Esparta, ciudad-estado o polis que no había llegado a tiempo de participar en Maratón. Para un pueblo que estaba consagrado a la vida militar y el arte de la guerra, esa ausencia pesaba como una losa, y fueron los primeros voluntarios para hacer frente a la gran amenaza. Uno de sus dos reyes, Leónidas, reunió a trescientos de sus mejores guerreros y, junto a algunas falanges de otras ciudades, se aprestó a recibir a sangre y fuego a los persas, en el estrecho paso de las Termópilas.

Lo demás es historia. Y leyenda. Y cine. A la vieja peli «El león de Esparta», se unió el año pasado la famosa «300», que toma principalmente como referencia un cómic de Frank Miller. Hay que reconocer que las imágenes son poderosas, las escenas de lucha impactantes, y la película no deja indiferente; a mí particularmente me ha gustado mucho. Pero están las inexactitudes históricas, y por eso antes de verla me he querido leer el libro «Termópilas: la batalla que cambió el mundo», del historiador Paul Cartledge, uno de los mayores expertos mundiales en el tema. Así me he enterado de que, a diferencia de lo que nos presenta la película, los espartanos tenían barba, pero no bigote, iban descalzos, y además el rey Jerjes no debía de parecer una drag-queen.

Pero al margen de estos pequeños detalles y algunas hipérboles tributarias sin duda de su origen comiquero, la peli refleja la gesta y lo que sabemos de ella, mezcla de historia y de leyenda. Para Cartledge, aquella derrota heroica fue decisiva para que Europa se salvara, o al menos que llegara a ser lo que conocemos, porque el triunfo de Jerjes hubiera pasado por encima de la democracia ateniense, y de las figuras que vinieron poco después: Sócrates, Platón, Aristóteles, padres de nuestra cultura. La pírrica victoria persa en las Termópilas dio tiempo a los griegos a organizarse y sobre todo a inflamarse de moral, lo que les permitiría derrotar al invasor definitivamente en Salamina y Platea.

Yo todavía hoy me enardezco ante la epopeya espartana. Y a pesar de que contaran entre sus defectos la eugenesia, la pederastia y la esclavitud, no puedo dejar de asomarme al pasillo de mi pasa y sentir una heroica disposición a sacrificarme antes de franquear el paso al enemigo.

jueves, 27 de marzo de 2008

Miscelánea


Quiero agradeceros vuestras últimas visitas a mi humilde blog. Hoy cumplo años y he recibido muchos regalos, ya os podéis imaginar, libros y películas, películas y libros, sobre todo, pero también ropa y dulcecillos, que no sólo de cultura vive el hombre. También es un regalo que leáis las cosas que se me ocurren con mucho o ningún esfuerzo.

Pero dejo de hablar de mí, que no me gusta. Pensando en el tema de la entrada de hoy, he pasado por varias ideas. Podría hablar del futuro de España en la Eurocopa, que de pronto vuelve a pintarse de rosa porque Villa metió un gol de churro que ya comparan con el de Zidane. Podría hablar de las amenazas de que Ibarreche deje de promover un estatuto a cambio de que Zapatero le regale uno aún peor. Podría hablar de la próxima emisión de sellos de castillos, que no sé ni cuándo cae este año. Podría hablar de la luz maravillosa que tienen las fotografías de actores de los años treinta y cuarenta, que les dan cien mil vueltas a cualquier foto de Keyra o Scarlett, por muchos morritos que pongan. Podría hablar de la inmadurez a la que nos conduce la educación sentimental de nuestros días, a través de series españolas o americanas, a fin de que seamos unos desgraciados el resto de nuestros días ignorando las causas. Podría hablar de Dios y de su bondad infinita. Podría hablar del Diablo y de sus mil disfraces para que desconozcamos su existencia. Podría hablar de los complejos que ahogan en la garganta las palabras que debemos decir y los que taponan los oídos ante las verdades que tenemos que oír. Podría hablar del valor de unos cuantos inocentes que no tienen miedo a la escabechina. Podría hablar de cómo un atardecer sigue siendo fuente de belleza aunque transcurran siglos. Podría intentar componer un endecasílabo, con el temblor furtivo de mis labios. Podría hablar de un par de cosas que voy intuyendo desde hace tiempo, pero que me guardaré para escribir algunos libros. Podría hablar de sueños y profecías, pero tengo tanto que hacer que no hay más tiempo.

Así que… feliz día de mi cumpleaños para todos.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Hipérboles periodísticas




Inicio una nueva sección de crítica con la que me voy a poner las botas. Podría parecer un recurso fácil para engordar mi blog el recurrir a la crítica de las cosas que dicen y escriben los periodistas; pero es algo que quería hacer desde hace mucho tiempo, porque me ponen muy nervioso con sus frases hechas y no sé cómo cantarles las cuarenta. Así que voy a aprovechar este espacio para desahogarme un poco.

Por ejemplo, es ya lugar común que la climatología nos agüe la fiesta o las vacaciones, aunque a veces nos proporciona días luminosos. Cualquiera diría que los climatólogos, esos científicos estudiosos del clima, son en realidad una secta de hechiceros que se dedican a convulsionarse en danzas y a emitir sortilegios que domeñen el tiempo atmosférico según su capricho. Pero esos señores y señoras, igual que la ciencia a la que se dedican, no tiene nada que ver con los mapas que nos ofrecen en las noticias anunciando lluvias o vientos, salvo que nos creamos a pie juntillas que el cambio climático es una realidad presente y cotidiana hasta la última gota. En cualquier caso, la Climatología determina tanto que esté nublado o no como podrían hacerlo la Anatomía, la Filosofía o la Gastronomía.

Otra exageración común entre el gremio reporteril está asociada a los accidentes y catástrofes. Da igual cuáles sean sus dimensiones, su naturaleza o la cuantía de los daños. Invariablemente, los informadores no dudan en hacer la misma evaluación: «ha quedado totalmente destrozado». Uno intuye una pobreza lingüística atroz, pues un coche, pongamos por caso, puede salir de un accidente abollado, machacado, despachurrado, aplastado o carbonizado, y siempre en distintos grados. Pero el criterio oficial parece ser que, en cuestión de sucesos, sólo se puede informar de lo que está totalmente destrozado. Como el idioma.

lunes, 24 de marzo de 2008

¡Feliz Pascua de Resurrección!




Aunque un día tarde, no puedo dejar de congratularme aquí por la Resurrección de Cristo, y desearos a todos que os colme de felicidad. Porque, como dijo San Pablo, «si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios».

Es salvadora la cruz, porque en ella se limpian nuestros pecados por el sacrificio de Cristo. Pero, además de purificarnos, podemos vivir para siempre gracias a su victoria sobre la muerte. Esto fue lo que hizo a los apóstoles dar un giro a su existencia y, con la fuerza del Espíritu, lanzarse a los caminos a anunciar el Evangelio. Ya lo dijo San Agustín: «La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo. No es gran cosa creer que Jesús ha muerto; esto lo creen también los paganos; todos lo creen. Lo verdaderamente grande es creer que ha resucitado».

Hemos sido confirmados en esta fe gracias a la alegría de la Pascua. ¡Felicidades!

lunes, 17 de marzo de 2008

Procesiones


Ha empezado la Semana Santa, y con ella las procesiones. No conozco otras que las andaluzas, pero, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie, creo que nunca me han gustado. Pasé del temor infantil hacia tambores y nazarenos, al desinterés, luego al rechazo, y finalmente al desconcierto. Me he esforzado por vivirlas con espíritu cristiano, y los resultados han sido muy pobres –aunque la vida espiritual no consista en obtener resultados–. He intentado vivir sus aspectos más folclóricos, y me he sentido tan desplazado y fuera de lugar como en la feria. He procurado recrearme en las dimensiones artísticas, y me han invadido la incomprensión y la decepción, quizá porque en mi pueblo no damos para más. Me confieso incapaz de apreciar la filigrana de pan de oro, la elegancia de los paños y el gusto de la ornamentación floral. No entiendo por qué la Virgen va semioculta tras un bosque de velas, ni la razón de su pesado vestuario.

Pero, siendo esto cuestiones secundarias, me causa desazón el no encontrarme a Cristo en estos Cristos, ni en la mayoría de estos cristianos que los acompañan. No lo encuentro porque no hay silencio, ni respeto ni ambiente, ya que no confundo el respeto con la idolatría de algunos. No lo encuentro porque me lo escamotea el lujo de los tronos y las vestiduras. No lo encuentro porque la admiración que veo en mi derredor se dirige más a las proezas motrices de los costaleros que al sacrificio de Nuestro Señor. No lo encuentro porque la gente se santigua mientras insulta al vecino o raja del Obispo que acompaña el paso. No lo encuentro porque los procesionantes parecen participar más en un desfile de modelos o en una competición deportiva que en un acto de culto. No lo encuentro porque cuando asisto a estos eventos me siento solo con mi creencia.

Tal vez sea todo culpa mía. Mi fe puede que sea demasiado intelectual y no entiendo la popular ni me traspasa. Puede que los prejuicios hayan arraigado tanto en mí que no pueda ya apreciar estos gestos de devoción callejera. Pero también es verdad que hay una crisis en nuestra Iglesia, y las avenidas no las toman estos días los más fervorosos creyentes, sino muchas otras personas que, por mil motivos distintos, se muestran encantadas con los paseos de las imágenes. Esta es mi particular cruz de la Semana Santa, lo que para otros es la cara.

viernes, 14 de marzo de 2008

Sweeny Todd




Sweeny Todd me ha parecido una película preciosista, porque recrea con tal puntillismo y amor un ambiente concreto, de época, como se suele decir, que merecen un aplauso. También alcanza este reconocimiento a la banda sonora, que me ha cautivado por su poesía con tintes siniestros, aunque algunos hayan criticado las dotes cantoras de los actores. Desde luego, sus creadores estaban enamorados de la historia.

Lo malo es que el amor y los amores de su director, Tim Burton, se decantan hacia zonas del alma que, si existen, darían para poblar alguno de los infiernos de Dante. De hecho, los protagonistas principales, asesinos ellos, amén de locos, parecen fantasmas en medio de un decorado de casa encantada. Por su parte, las víctimas, que son casi todos los demás, no pasan de ser odres de sangre muy sensibles al roce de una navaja de plata. Pero no hay solo roces, sino tajos, estocadas y mucha carnicería. La escena del árbol sangrante de Sleepy Hollow aquí se repite con profusión y aspersión.

Lo que ya no acierto a decir es si todo esto, tan bien hecho y presentado, está realizado con arte y gusto, porque la consecuencia primera es un revoltijo de náusea en el estómago. Y la sensación de que este mundo de Tim Burton existe dentro de un libro olvidado, que a su vez reposa dentro de un ataúd, que se abre dentro de la pesadilla que tiene un espectro.

jueves, 6 de marzo de 2008

Zapatero y Rajoy

A petición popular, escribo sobre un tema que no me agrada (políticos y elecciones), pero me veo obligado a ello por responsabilidad cívica, que de todo tiene uno.

Nos encontramos ante dos candidatos –los demás son filfa, con perdón– que no pueden negar su condición de políticos, dicho sea en el peor de los sentidos: hacen discursos ampulosos, les gusta el efectismo y la retórica, interpelan a la sensibilidad, miran a los ojos como si tuvieran virtudes hipnóticas, y están dispuestos a decir cosas en las que no creen demasiado, o a cerrar los ojos ante lo que creen, con tal de salir victoriosos en las elecciones. Hasta aquí, parecería que ambos pertenecen a la misma caterva despreciable, y que tanto daría votar a uno como a otro. Pero no.

Ciertamente, hay diferencias en los programas y sobre todo en los principios; pero no voy a entrar en ello porque ni yo ni mis lectores, ni siquiera la mayoría de los españoles, conocemos esos aspectos muy a fondo. Me voy a centrar en las personas de los candidatos, que con ello he empezado, y además es algo que cualquiera puede hacer también, después de leído este panfleto.

Resulta que uno de los dos miente más allá de lo normal; esto es, no miente puntualmente, sino que lo hace de forma sistemática, estructurada, se podría decir que ontológica. Miente desde que comenzó a hablar en público, no ha dejado de hacerlo ni se vislumbra una conversión. Todo su discurso es una red tupida de mentiras donde las escasas verdades, que se cuelan aunque sólo sea por exigencias gramaticales, no relucen, y es que tampoco respeta la gramática. Este mismo candidato es dueño de un discurso oblicuo, almibarado y hueco, que no dice nada concreto pero que dispara dardos narcotizantes hacia el electorado y ponzoñosos hacia sus contrincantes. Es un candidato que no hilvana sus ideas, sino que las yuxtapone en razón de su olor y peso, igual que hace con las palabras que las enuncian, si se puede decir así, de forma que su discurso es mera retahíla de conceptos y silencios que los subrayan. Sobra decir que este candidato pretende manipular, porque engola la voz de continuo, mira con una convicción que no puede existir en este mundo, y engaña con desfachatez crispante, sin importarle que hace tres días dijera cosa diferente. Es un candidato, en fin, que tiene un séquito a su servicio para tirar las piedras sin ensuciarse las manos, y luego él reprochar al agredido su escaso talante democrático…

¿Sabéis quién es? Pues no será tan fácil averiguarlo. Porque aunque es falso, iletrado y turbio, se las ingenia para salir victorioso en todas las encuestas y que el malo parezca el otro, que solamente es torpe. Todo el que haya sido atrapado como un pececillo en su red de mentiras, todo el que haya sufrido la educación menesterosa que nos ha dejado su gobierno, todo el que se haya rebajado a vender su alma por los sobornos que arroja al pueblo lacayuno dirá que es el mismo Dios. Y el propio personaje lo debe de creer, pues ya dijo una vez, con desvergüenza blasfema, que es la libertad la que nos hace verdaderos. En el fondo querría decir que es su voluntad la creadora de la verdad con la que quiere hacernos comulgar a todos. Ojalá no lo consiga.

lunes, 3 de marzo de 2008

Las hermanas Bolena


El primer tercio del siglo XVI fue muy agitado en Inglaterra. Su rey, Enrique VIII, que había recibido el título honorífico de Defensor de la Fe Católica, consumó el cisma con la Iglesia de Roma. La razón principal, aunque confluyeron otras, fue su fascinación por una ambiciosa cortesana, Ana Bolena, que no conforme con ser la amante favorita del rey, le indujo a librarse de su esposa. Ésta, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, había cometido el imperdonable pecado de no darle un heredero varón. El matrimonio, por otra parte, era válido, y ninguno de los intentos de Enrique VIII para que el Papa reconociese una forzada nulidad dieron resultado, pues lo que pretendía realmente era la disolución de un vínculo que había surgido con todos sus elementos necesarios. Cuando vio que esa vía era imposible, forzó la separación de Roma e impuso a su pueblo la obligación de guardarle lealtad al precio de abjurar del catolicismo. Algunos se opusieron por salvar su fe y su conciencia, como Tomás Moro, y por ello perdieron la cabeza, literalmente. Puede resultar sorprendente que en unos tiempos de corrupción y ligereza de costumbres como aquellos, en los que la santidad del matrimonio y la fidelidad eran tan cuestionadas, hubiera personas inteligentes que estuvieran dispuestas a perder su vida con tal de no aceptar un divorcio encubierto. Tendríamos que aprender mucho de ellos en nuestros días.

La película «Las hermanas Bolena» cuenta parte de esta historia, digamos que es la otra cara de «Un hombre para la eternidad» (la pasión de Tomás Moro y una de esas pocas películas imprescindibles). Narra el ascenso al poder de la ambiciosa familia Bolena, y las consecuencias de su desmedida avaricia. Está bien interpretada por Eric Bana, Scarlett Johansson, Natalie Portman y Kristin Scott-Thomas, pero quisiera destacar a la española Ana Torrent, que en su breve papel como Catalina de Aragón da un realce al personaje que no he visto en otras películas, lo que permite apreciar la dignidad y firmeza de su posición, y me hizo sentir un cierto orgullo. También es destacable que una película de época deje en mal lugar a casi todos los protagonistas no españoles, es decir, que se atenga a lo esencial de la historia, ya estamos cansados de tanta leyenda negra antiespañola.

No es una película excepcional, pero sirve para conocer un poco la historia. Ahora bien, es preciso completarla con la fabulosa «Un hombre para la eternidad».

lunes, 25 de febrero de 2008

Oscars


Creo que este es el año que menos entusiasmo me han despertado los óscars. Esta vez ni me molesté en llevar el smoking al tinte, ni me afeité (bueno, Bardem tampoco), ni me afané por buscar la ceremonia en algún canal codificado para quemarme las pestañas. La única alfombra que he pisado es la del cuarto de baño, y no es roja todavía. Las razones pueden ser varias. Que iba a ganar el óscar un actor español muy bueno pero muy malo. Que estoy empezando a asumir la idea de que ese hueco reservado para mi óscar en el cuarto de baño debería ser ocupado por la espuma de afeitar (sí, mi cuarto de baño viene a ser como el Kodak Theatre, pero con mucho más glamour y albornoces tipo «Historias de Filadelfia»). Que esa generación de los que nos formamos en el Actor’s Studio quizá deba ceder su lugar a las nuevas y pujantes promociones (Paul Newman ya se ha retirado, yo lo haré, colmado de honores, en alguno de mis próximos sueños).

En definitiva, los óscars se han entregado sin contar conmigo, en la misma línea díscola de las últimas ochenta ediciones. Y han deparado un palmarés sin sorpresas, del que ya lo he visto casi todo, y con el que estoy humildemente de acuerdo. «Ratataouille», «Juno», «No country for old men», «Expiación» o «El ultimátum de Bourne», las premiadas, ya recibieron merecidos elogios en este blog. Me alegra especialmente que Dario Marianelli, cuyos trabajos sigo con creciente admiración, se haya llevado por fin el premio a la mejor banda sonora; ahora la tengo de fondo y siento (¿verdad, Dario?), que un trocito de ese óscar también me pertenece…

Me quedan por ver «Sweeny Todd» y «There will be blood», que según tengo entendido son altamente desagradables. También me alegro de que ese zapatero prodigioso que es Daniel Day Lewis haya conseguido su segundo óscar. Creo que es el único que me da más miedo que Bardem.

sábado, 23 de febrero de 2008

Dos lecturas





Este mes he terminado de leer mis primeros dos libros del año. Sé que es una cifra corta y pobre, pero no tengo excusa. Tengo otros varios empezados, pero no se vislumbra su fin. A lo que iba, los dos libros me han parecido bien, y aunque no me hayan cambiado la vida, no está mal leerlos.

El primero es «La gesta española», de José Javier Esparza. Es un libro divulgativo, que no entra en honduras, y que pretende recordar, y en algunos casos descubrir, algunos importantes hitos de la historia española, con el rasgo de común de que en ellos se pone de manifiesto que los españoles hemos sido protagonistas de hazañas muy grandes y sin parangón, muchas de ellas olvidadas por desgracia hoy. Sin ir más lejos, yo no conocía el caso de Blas de Lezo, que con unas pocas fuerzas derrotó a toda la armada británica y salvó nuestro imperio. El autor también se preocupa de quitar hierro a la leyenda negra española, tan culpable de nuestros complejos y nuestra desmemoria, y tan exagerada. La última vez que estuve en Madrid, un profesor colombiano se sorprendía de que la leyenda negra estuviera más arraigada aquí que en Hispanoamérica, donde viven sus supuestas víctimas. Es un ejemplo de que la ignorancia es terreno abonado para la manipulación. En fin, el libro es ameno, descubre algunos episodios poco conocidos, y relata otros muchos ya sabidos, pero que viene bien recordar y conocer con más detalle.

El otro libro es la novela de Juan Manuel de Prada «El séptimo velo». Se sitúa en dos planos, el actual, en España, y la II Guerra Mundial en Francia, en el ámbito de la Resistencia. Es un libro de aventuras, en parte, y también de introspección, en torno al viejo tema de la amnesia. Desde mi punto de vista destacaría varias cosas. En primer lugar, la excelente prosa de De Prada, menos barroca que otras ocasiones, pero siempre con la palabra precisa y la comparación deslumbrante; pero su categoría de escritor no se queda en la forma, sino que es experto en diseccionar el alma humana, sus sentimientos más hondos y sus culpas. Por otro lado, es un libro enormemente cinematográfico, parece pensado para facilitar la labor a un futuro guionista, de tan claras que se imaginan algunas escenas. Por este lado, no es muy original, sobre todo porque, ya digo, uno cree vislumbrar secuencias que ya ha visto en algunas películas. Pero el conjunto es ambicioso y trabajado, y la prosa envolvente del autor nos conduce sin fatiga hasta el final. Confieso que me resultó más brillante su anterior novela, «La vida invisible», pero también es cierto que, por diversos motivos, aquella lectura resultó más dura, era más una bajada a los infiernos que esta otra, plagada de peripecias.


martes, 19 de febrero de 2008

Manipulación


Ayer asistí a una conferencia de Don Alfonso López Quintás titulada «La manipulación a través del lenguaje». Hace casi veinte años que leo sus trabajos, y ayer no dijo nada nuevo, pero siempre enriquece ver y oír a las personas en vivo.

Trataré de resumir sus ideas fundamentales acerca de la manipulación, que por cierto nos envuelve. En primer lugar, manipular es degradar a la persona desde su nivel propio hasta el de los objetos, con menoscabo por tanto del respeto que merece su dignidad. Se manipula para obtener algo, es decir, se utiliza a la persona como un medio, y lo hacen aquellos que pretenden vencer sin convencer, utilizando alguna forma de seducción que ignore la inteligencia o la razón. En cuanto a los trucos de prestidigitador que emplea el manipulador para alcanzar sus fines, son muchos, pero cuando se trata del lenguaje, hay que estar muy atento al uso de hace de «palabras talismán», esas que están especialmente prestigiadas en la sociedad –como libertad o autonomía–, y sus antagónicas, así como los esquemas mentales y dilemas que artificiosamente es capaz de inculcar. Un ejemplo claro de manipulación es hacer campaña a favor del aborto alegando «la libertad de disposición de la mujer sobre su cuerpo». La presencia del término libertad prestigia la frase y hace muy difícil combatirla; la idea de que la mujer tiene un cuerpo, en lugar de afirmar que es corpórea, la cosifica.

La manipulación que empapa tantos campos de nuestra sociedad, no sólo el político, es tremendamente peligrosa y reductora. Es preciso estar alerta, pensar bien, y no permitir los intentos de manipulación que podamos detectar. Cuando se admite el primer argumento del manipulador, se cae en su red y ya es muy difícil plantear los propios razonamientos.

Recomiendo mucho leer a López Quintás; en mi caso ha sido decisivo para comprender multitud de cosas del mundo en que vivimos. Aquí podéis encontrar varios artículos suyos on-line.

domingo, 17 de febrero de 2008

Juno


Esta película gira alrededor de una chica de 16 años (interpretada por Ellen Page, que en la vida real cumple 21 esta semana) que se queda embarazada. Lo que podría plantearse como un drama con rápido desenlace, de lo más habitual en nuestros días, se alarga… nueve meses, con un optimismo y unas ganas de vivir que no se cierran en ningún momento.

No es una comedia del estilo de Little Miss Sunshine, como algunos la han querido vender para aprovechar el tirón de aquella por el hecho de que también es cine «indie». Pero no deja de ser divertida, mejor, simpática, pero no chistosa, y muy inteligente. Los actores han sido elegidos con acierto, y en el caso del noviete, además bien disfrazados. Ellen Page, la protagonista, que ya sorprendió haciendo del lobo disfrazado de caperucita en Hard Candy, está formidable, y, como se suele decir, la cámara está enamorada de ella. Desde mi punto de vista tiene un algo de Janeane Garofalo puesta a dieta, unos ojos muy expresivos y una sonrisa curativa.

La película no es moralizante, es más, se ríe un poco de esa actitud. Simplemente muestra lo que debería ser lógico, la asunción de responsabilidad de quien se va a convertir en madre, aunque no lo haya previsto ni deseado, ni tenga aparentemente madurez ni medios para hacer frente a ello. Curiosamente, aquí son más inmaduros algunos adultos que no se ven como padres, aunque estén casados, por la sencilla razón de que no han madurado su deseo. Pero el error actual es creer que un hijo debe ser el resultado de una búsqueda consciente y premeditada, cuando es un don que, venga como venga, se debe recibir con generosidad y responsabilidad.

Me he quedado con una frase del final de la película, cuando ella le confiesa al novio su admiración por él, porque es bueno sin esforzarse, y él responde que le cuesta cantidad. Ahora soy yo el que está a punto de ponerse moralizante.

sábado, 16 de febrero de 2008

Improvisación


Es sábado por la mañana, vamos a comer en el campo, los pájaros mezclan su canto estridente con el tráfago automovilístico, el cielo está despejado, la vida continúa deparando sorpresas, el destino es un cuento chino, Dios existe y nos perdona todas nuestras culpas, expío mis pecados amando más, creo que la tele no reventará hoy, opino que los programas del corazón no morirán de golpe y para siempre, considero que la ideología de género es una plaga para la Humanidad, mi pronóstico para las próximas elecciones es incierto y terrible, Zapatero dijo que hoy empezaría a dramatizar, cada momento es una oportunidad para ser mejores, España fue grande pero ya hablaremos de eso, los próximos estrenos no me pillan desprevenido, deseo que Daniel Day Lewis gane otro óscar como que triunfe mi equipo, me gustaría que mis alumnos recordaran con agrado algo más que su aprobado, leo que el mundo está loco, loco, loco.
Necesitamos ayuda para seguir subiendo.

jueves, 14 de febrero de 2008

Corto y pego

No es que no tenga nada que decir, es que otros lo hacen mejor que yo (vaya también a modo de homenaje para gente íntegra y valiente).

Sobre la ocurrencia del Gobierno respecto de las tallas femeninas, escribe Juan Manuel de Prada en ABC: «El bueno de Bernat, según me acaba de descubrir Ruiz Quintano, ha definido a sus hijas adolescentes como “tormentas de hormonas”, que desde luego es un modo muy científico de expresar el amor paternal; y cuando en una hija ves una “tormenta de hormonas” no parece extraño que en una mujer anónima que pasa por la calle veas un mero cilindro. De todos modos, es una suerte que el bueno de Bernat haya encauzado sus ímpetus taxonómicos por el ramo textil; si esta manía de clasificar a las mujeres en diábolos, cilindros y campanas lo hubiese pillado cuando estaba destripando embriones en Valencia podría haberse convertido en un peligrosísimo perfeccionador de la raza. Parece que estoy viendo al bueno de Bernat en su laboratorio valenciano, seleccionando embriones como quien escoge lentejas: “Éste para el congelador, que es una campana; ése para la probeta, que es un diábolo; y aquél para la trituradora, que es un cilindro birrioso”».

Sobre los exabruptos y campañas de algunos actores y cantantes a favor del partido gobernante, escribe Ignacio Sánchez Cámara en La Gaceta de los Negocios: «sorprende algo que se presente el apoyo, confundiendo interesadamente la parte con el todo, como si procediera, ahí es nada, de todos los artistas y creadores, así sin más. Porque, si no me equivoco, han sido muchísimos más los artistas que no han apoyado al presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero que los que sí lo han hecho. Entonces, la noticia podría haberse vertido así: Cientos de miles de artistas (el término cotiza a la baja y alberga ya a casi todo el mundo) no han prestado su apoyo al presidente del Gobierno. Por lo demás, no veo entre los cejijuntos a ningún pensador, ni premio Nobel, ni científico eminente, ni profesor prestigioso, ni veo a gran poeta».

Y para terminar, un extracto de la entrevista que Carlos Herrera le ha hecho a Zapatero en Onda Cero:
P: ¿La culpa de que quisieran agredir el otro día a María San Gil, la tiene ella o los independentistas que le desearon la muerte?
R: La tienen los energúmenos que fueron allí a reventar un acto de una manera absolutamente inaceptable en democracia. Lo que me parece mal es que haya habido dirigentes del PP que hayan insinuado que eso podía ser como consecuencia de mi política. Eso es lo que es intolerable en democracia. Es tan intolerable como las agresiones a María San Gil. Porque le puedo decir que yo y muchos dirigentes del PSOE tenemos gentes que nos insulta, radicales energúmenos, lo último que se me ha pasado a mí por la cabeza es decir que eso directa o indirectamente puede ser responsabilidad de los responsables del PP. Eso entre demócratas no cabe.
P: Algo parecido sostuvo el presidente de las Juventudes Socialistas, que culpaba al pensamiento de la señora San Gil...
R: No tengo ninguna referencia a esa declaración.
P: Yo sí, si quiere se la pongo.