martes, 12 de febrero de 2008

No es país para viejos



Los hermanos Coen tienen dos tipos de películas, por un lado las sórdidas y violentas, y por otro las divertidas y alocadas. Ambas pueden ser, a la vez, gamberras, entendiendo por gamberrismo un cierto regodeo en la exageración, tanto de lo gracioso como de lo truculento, según toque.

Su última película es No country for old men, más conocida por los triunfos que Javier Bardem está cosechando por su trabajo en ella. No puedo dejar de decir algunas cosas sobre este tío. Ha demostrado que puede ser un excelente actor, y no lo digo sólo por los premios que ha recibido y recibirá: en la primera película suya que vi, cuando estaba empezando, ya me sorprendió su talento, muy por encima de los demás actores españoles modernos. Pero no siempre es buen actor, y en este blog hemos criticado algún otro trabajo; y desde luego es muy mal autodoblador, y su dicción deja mucho que desear (por suerte, esta vez le han doblado). Luego está su otra faceta, la de persona y ciudadano, que se puede resumir en gorila energúmeno.

Pero vayamos a la peli. La acción se desarrolla en 1980, aunque no te lo dicen directamente. Y me interesa señalar este dato, porque si las cosas ya estaban tan mal en aquellos tiempos por Texas, no sé qué pensarían ahora los protagonistas más ancianos de la película, que durante toda la historia no dejan de estar atrapados en el asombro de que el mundo que conocieron se ha torcido demasiado hacia el exceso y la locura. De ahí el título de la película.

Como es mi costumbre, no revelaré más para no molestar a quien no la haya visto todavía. Sólo comentaré que los actores están magníficos, con la grata sorpresa de un Josh Brolin que todos recordarán por Los Goonies, y algunos por Jóvenes jinetes; Bardem es un asesino nato y da mucho miedo, pero eso no nos sorprende. Además, para mi gusto, y dentro de la rama de películas sórdidas y violentas de los Coen, aunque no las he visto todas, ésta es la mejor, quizá porque han sustituido el gamberrismo por la melancolía. Y el humor es tan fino y contenido como el laconismo de los hombres de la frontera.

domingo, 10 de febrero de 2008

Julián Marías




La ausencia de días pasados se ha debido a mi participación en el Simposio Internacional Complutense sobre Julián Marías. Puedo decir mucho sobre él, a ver si me contengo.

Ante todo, que le admiro desde hace años, he leído bastantes de sus libros y creo que puedo considerarlo mi escritor preferido. No sólo esto, sino que me uno a lo que dijo Gregorio Salvador en Madrid, y es que ha sido uno de los mejores escritores en español del siglo XX. Además de esto, ha sido un pensador penetrante a la vez que claro, un iluminador de la vida y las ideas, un maestro del hombre y la moral, un agudo penetrador de la historia y un original cinéfilo, un hombre íntegro y honesto desde la niñez, comprometido con la libertad y la verdad, un sorprendente pozo de sabiduría, un académico ejemplar, un… Sabía que no podría contenerme. Porque una de las cosas que se han puesto de relieve en este Simposio es la cantidad de facetas de este español singular y extraordinario, un auténtico hombre poliédrico.

Pero está la otra cara, la de la injusticia y cicatería con su persona, costumbre tan española. Se le negó la docencia universitaria en España durante la época de Franco, aunque era reclamado en universidades de todo el mundo, especialmente americanas; se le suspendió ilegalmente la tesis doctoral; apenas ha recibido reconocimientos oficiales por sus méritos: ningún premio nacional de ensayo, que debió haber ganado varias veces, más que otros; nada de premio nacional de las letras; nada de premio Cervantes (aunque lo tocó con los dedos un par de veces)… Le dieron, eso sí, el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, aunque a sus seguidores nos supo a migajas.

Discípulo de Ortega y Gasset, quizá no tuvo la brillantez de su maestro, pero a cambio resulta mucho más accesible, y desde mi punto de vista mucho más cercano en su filosofía a la vida de cualquiera, porque contemplar y entender la vida humana fue su principal ocupación. La otra diferencia con Ortega fue su fe cristiana, discreta pero firme y profunda, lo que baña su pensamiento de una riqueza especial.

Para quien no se haya acercado todavía a su obra, recomiendo por ejemplo el primer tomo de sus memorias, Una vida presente, donde cuenta su juventud y los azares de la República y la Guerra Civil (los otros tomos quizá sean para gente con cierta inquietud intelectual y académica; ahora se han reeditado en un solo volumen por la editorial Páginas de Espuma). Un buen libro para introducirse en su pensamiento es Mapa del mundo personal, al que se puede aplicar la famosa sentencia de que «nada de lo humano le es ajeno», desde la muerte, Dios o el amor. Sobre la mujer, a la que tanto admiró, escribió La mujer y su sombra, o La mujer en el siglo XX. Su mirada esperanzada se vuelca en libros como Breve tratado de la ilusión, y su preocupación por el hombre en Persona. Reunió gran parte de sus artículos de cine en Visto y no visto… En fin, escribió mucho, sobre todo temas filosóficos, y sus libros no tienen desperdicio.

Es plenamente vigente, y a mí personalmente me ha ayudado en la vida. Os recomiendo que entréis en contacto con él, no os arrepentiréis.

lunes, 4 de febrero de 2008

Iglesia y democracia


En 1937, el Papa Pío XI, promulgó una encíclica sobre la situación de la Iglesia católica en el III Reich. El título, en alemán, ya lo decía todo: Mit brennender Sorge, algo así como Con honda preocupación. Extraigo una sola idea de su texto: «Fomentar el abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formación de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, es un atentado criminal contra el porvenir del pueblo, cuyos tristes frutos serán muy amargos para las generaciones futuras». Son duras palabras dirigidas a un gobierno que, no lo olvidemos, había sido elegido por las urnas y contaba con el mayoritario apoyo de su pueblo.

Acerquémonos ahora a España. Anoche, en la entrega de los desprestigiados premios de la Academia del Cine, el ganador del Goya al mejor actor, un tal Alberto Sanjuán, se permitió un ruego: que sea disuelta inmediatamente la Conferencia Episcopal. Esto me lleva a varias reflexiones. Una, que el cine español no da mucho de sí, y hay que traer asuntos de política o religión a sus galas para tener algo de qué hablar. Dos, que un ignorante puede recibir un premio en España. Tres, que la campaña anticlerical sigue adelante. Cuatro, que nuestra democracia sigue presentando unos síntomas de inmadurez alarmantes, por cuanto parece regresión del proceso iniciado hace ya más de treinta años.

Resulta que la Conferencia Episcopal ha publicado una Nota sobre las elecciones del 9 de marzo, en la que recuerda a los católicos los criterios morales básicos para emitir con responsabilidad su voto. Los anticlericales de este país, empezando por el Gobierno, han denunciado que los obispos atacan a unos partidos y piden el voto para otro, para el PP en concreto. Dando muestras evidentes de no haber leído la Nota, que por cierto es respetuosa y sensata, se han dicho desde entonces todo tipo de sandeces, como que la Iglesia pretende imponer su creencia a la sociedad, que quiere acallar al gobierno, o lo que dijo el actor ése anoche.

Resulta que la Iglesia no ha pedido el voto para ningún partido. Pero, ¿y si lo hubiese hecho? Desde el punto de vista democrático, tendría todo el derecho, como cualquier instancia ciudadana, de hacerlo, sin que ello violentara la Constitución, ni hiciese tambalear los pilares de la democracia. Miremos tan sólo el ejemplo de los Estados Unidos: allí pedir el voto es uno de los ejercicios democráticos más honrosos, y todos, desde religiosos a actores, se pringan a la hora de airear sus preferencias. Nadie se rasga las vestiduras por ello, ya que a fin de cuentas no es más que la manifestación pública de lo que luego se hará en secreto, y votar no es ningún crimen.

En España, sin embargo, la Iglesia no pide el voto para ningún partido, sólo recuerda la doctrina moral más básica, lo que ni siquiera es privativo suyo, sino derecho natural. Y toda clase de insidias y descalificaciones caen sobre ella, como si hubiese tramado un golpe de Estado. Incluso muchos católicos se distancian de los obispos, porque creen que no pueden abandonar la sacristía. Pues se equivocan, señores, los obispos tienen derecho a decir lo que han dicho, es más, tienen obligación de hacerlo. Y si no piden el voto para ningún partido, que no lo han hecho, es porque no hay ninguno que se acerque al listón moral que exige Cristo.

Ítem más: resulta curioso que los que no dudan en denunciar a la Iglesia por un supuesto silencio ante las barbaridades de Hitler –ya hemos visto que no fue tal–, se indignan y rasgan las vestiduras cuando advierte ante los desmanes de otro gobierno. Claro que no estamos hablando de un Ejecutivo nazi, pero eso tampoco significa ni mucho menos que sea bueno.

domingo, 3 de febrero de 2008

Tarde de domingo, tarde de cine

No sé lo que harán otros un domingo por la tarde. Pero nosotros hoy, después de comer opíparamente, hemos encendido el brasero, nos hemos provisto de licorcete y dulces, y hemos disfrutado de una sesión doble de cine, con la siempre segura ayuda de los clásicos.

Primero hemos visto “Barry Lyndon” (Stanley Kubrik, 1975), una película de época –de época dieciochesca-, en la que destaca la exquisita recreación que enmarca las aventuras de un hidalgo pobre y además irlandés: cómo pasa de la inocencia bisoña a la rudeza de un soldado curtido, hasta convertirse en consorte de un apellido rumboso, lo que le gana enemigos que preparan su caída. En esta película, quizá más que en ninguna otra, se pone de manifiesto el perfeccionismo de Kubrik. La fotografía parece reproducir cuadros en movimiento, la adaptación que la banda sonora hace de música clásica –Mozart, Bach, Schubert, entre otros- es perfecta, el vestuario lujosísimo, y los decorados de Inglaterra y Europa continental, evocadores y preciosos. Es una película que culturiza, porque traslada a otro tiempo, y constituye un placer para los sentidos. Eso sí, merece una pantalla amplia, para apreciar bien sus virtudes. Yo he tardado muchos años en poder verla en condiciones desde que supe de su existencia.

La segunda sesión se ha llenado con “Al servicio de las damas” (Gregory La Cava, 1936), una excelente muestra de screwball comedy, o comedia alocada, que si al principio choca por ser un tanto surrealista, luego resulta deliciosa, por la fina ironía del guión y la elegancia y la simpatía de los protagonistas, William Powell y Carole Lombard, al frente de un elenco de secundarios extravagantes y divertidos. Es una muestra de lo que el cine puede hacer, logrando una obra intemporal sin caer en el mal gusto o la truculencia. Hay mucho que aprender de aquellos directores, por algo se la llama época dorada del cine.

Y así concluyo una entrada en la que he empleado los adjetivos “exquisita”, “deliciosa” o “preciosos”. Hay que correr riesgos en esta vida.

viernes, 1 de febrero de 2008

Qué asco de tele


En el poco rato que llevo viendo (quién me manda) el telediario de la Primera, han criticado a los obispos por dar directrices a los católicos acerca de las elecciones, han defendido el aborto como un derecho y han acosado a un párroco por intervenir en el caso de un cofrade divorciado y arrejuntado.

Sé que hay católicos que no ven bien algunas posturas de la jerarquía eclesiástica española, que piensan que mea fuera de tiesto (con perdón) en demasiados casos y que debería hablar más de Cristo que de derechos humanos. Pero yo creo que Cristo también defendió ni más ni menos que la vida cuando se interpuso entre la adúltera y sus perseguidores; que Juan Bautista denunciaba la lujuria de Herodes; y que en muchas otras ocasiones se ha puesto de relieve que el cristiano debe mirar al cielo, pero sin olvidar que está en la tierra.

En fin, es un debate abierto, y es bueno profundizar siempre que se busque lo mejor, siempre que se aspire a servir a la verdad. Pero yo también lo veo todo más claro cuando compruebo que quienes más critican a los obispos, “en nombre de Cristo”, son quienes más se distinguen por apartarse del Magisterio de la Iglesia, por hacer cócteles político-religiosos, y por pensar más en la economía que en el alma.

Esto no quita que sienta asco ante los medios de comunicación de este gobierno de mentirosos. Y miedo ante el asentimiento ovino de las masas que abrevan de ellos. Menos mal que, pese a todo, el triunfo no depende de este mundo ni de nuestras fuerzas. Pero, como decía Julián Marías, que por mí no quede.

martes, 29 de enero de 2008

Historias de Filadelfia


La elegancia de un director, la inteligencia de un guión y el talento de unos actores dan lugar a una obra maestra de la comedia y del cine en general. Todo el mundo ha visto ya “Historias de Filadelfia”, o debería, de modo que no voy a descubrir su trama. Tampoco sus “gags”, que son sutiles, sin subrayados, casi como flecos de la historia, remates de lujo.

A lo que voy es a la comparación entre la comedia clásica y la actual. Estamos acostumbrados a que comedia sea sinónimo de risotada y golpe de efecto, con frecuencia de tono escatológico o procaz, y casi siempre sin una historia digna sobre la que sustentarse. Posiblemente, un público joven no conecte con el humor que encierran “Historias de Filadelfia”, “La fiera de mi niña” o “El hombre que vino a cenar”, y crea que es más comedia una película de Jim Carrey o cualquier parodia de los estrenos del año.

Sucede algo con el cine clásico, y es que deja un regusto en el paladar (o el órgano equivalente para registrar huellas de placer cinematográfico), una impronta satisfactoria en la sensibilidad, más honda y duradera que la torsión de una carcajada. Tantas comedias de hoy se olvidan antes de que termine uno de salir del cine. Pero las clásicas, aunque no hayan conseguido desternillarnos, infiltran su humor hasta capas más profundas, provocando una cosquilla en el alma que permanece como un rescoldo en la memoria el resto de la vida.

Lástima que actualmente el cine clásico sea un peñazo para muchos, a veces con la única excusa de que no está en color. El que sabe apreciar los matices del blanco y negro tiene una sensibilidad mayor que quien necesita un trapo rojo para mantener la atención. Y quien se recrea en un juego de palabras demuestra más cultura que otro que espera con las mandíbulas desencajadas a que le llenen la boca de procacidades.

sábado, 26 de enero de 2008

Expiación


Dunquerque, aparte del lugar de una batalla, una humillación o una derrota, debió de ser un sitio donde miles de personas de diferentes nacionalidades e idiomas, expuestas al límite de sus fuerzas, al límite de su esperanza, se agarraron al recuerdo de algo o alguien por quien mereciera la pena seguir luchando y esperando.

En «Expiación» se cuenta eso, entre otras cosas (no es cuestión de desvelar aquí las claves de la trama). Me ha gustado mucho porque habla de personas, de amor, de culpa, y de expiación, por supuesto. No son muy frecuentes las películas sobre este tema, quizá porque la expiación supone un renunciar a sí mismo y volcarse hacia los demás o hacia una tarea que sirva para redimir las culpas, y eso a veces implica retraimiento y reclusión, escasa relevancia pública, papeles más bien secundarios. El que expía culpas es preso –si le obligan– o santo –si lo hace voluntariamente–. Villano o héroe; fuera de estos casos, será un personaje marginal, que puede llegar a influir en la trama principal, pero no la protagoniza.

La expiación no sólo tiene que ver con la culpa; también con el arrepentimiento, que es la antesala del perdón. En nuestros días no se lleva la culpa, está mal visto, hay que sentirse siempre bien y no arrepentirse de nada. Lo malo de esto es que impide el perdón, el auténtico perdón, que no es ni cortesía ni olvido, sino amor al prójimo.

También me ha gustado la película por sus buenas interpretaciones, el guión, la música, una vez más acertada, de Dario Marianelli, la fotografía, el vestuario y los decorados. Todos ellos han recibido nominaciones para los oscars de este año, así como la película y la niña, Saoirse Ronan. Me ha llamado la atención especialmente la ambientación de la guerra, magnífica y original, en un episodio, que yo sepa, no muy retratado por el cine.

No me arrepiento en absoluto de haberla visto, así que no tengo culpas que expiar. Por ahora.

jueves, 24 de enero de 2008

Heath Ledger


Debo reconocer que cuando supe que Heath Ledger iba a interpretar al Joker en la próxima película de Batman, me pareció que no pegaba, sobre todo si le comparaba con Jack Nicholson, que me parecía más hecho para el papel de malo desquiciado y sonrisa hasta las orejas.
Luego vi algunas imágenes (la que he puesto no es la más dura) y me recordó a "El cuervo", y me pareció un Joker más terrorífico que el de Nicholson, lo que me resultó sugestivo, pero me sorprendió aún más, porque tenía una idea blandita de Ledger.
Ahora que ha muerto por una sobredosis de somníferos, y habiendo sabido que ya antes había intentado cortarse las venas, no me sorprende tanto. Curiosamente, Brandon Lee murió haciendo del Cuervo, al que se parece tanto este Joker.
También me he enterado de que hace unos días fue encontrado igualmente muerto Brad Renfro, 25 años, conocido por ser el niño de "El cliente".
Que Dios les acoja en su misericordia.

lunes, 21 de enero de 2008

Lavado de cerebros para niños


La cosa está que arde. De entre los varios temas que tenía para escribir hoy he tenido que escoger este, con urgencia y taquicardia. No voy a resolver nada con ello, pero subamos el nivel de alarma, por favor, que hay motivos para el pánico.

Resulta que la Junta de Andalucía ha editado una guía para asegurarse que los niños en el colegio no van a caer en el perverso vicio de la desigualdad ni siquiera en el antaño inofensivo tiempo de juego. La desigualdad, esa peste negra de los progres, puede aprovechar ese rato distendido para emponzoñar las cándidas almas de los escolares, e inocular así un veneno que en la edad adulta puede manifestarse de forma harto indeseable.

Por ejemplo, hay que velar por que el sexismo no se inmiscuya en los juegos infantiles. El reparto de tareas y juguetes debe obedecer a criterios asexuales, y además la representatividad de niños y niñas debe ser pareja en todo momento, no sea que se produzca el temido fenómeno de la «invisibilidad de la mujer», con tufo a las peores épocas de la historia de la Humanidad, como el franquismo o el gobierno del PP, las únicas que un niño de hoy acertaría a enumerar. Por eso, no se encasillará a las niñas en juegos donde no puedan expresar su ira, o a los niños en divertimentos que les impidan dar rienda suelta a un llanto emotivo.

Pero hay otro lado por el que la desigualdad puede encontrarse traidoramente emboscada. Esa manía de que en todo juego deba haber ganadores es cruel y despiadada con los más torpes o vagos, y hay que erradicarla. En toda circunstancia. Por ejemplo, en el juego de las sillas nunca se irá nadie a la calle por quedarse sin asiento, sino que habrá de compartirlo con otro, hasta que en la última silla todos los amontonados hagan ímprobos esfuerzos por no caer al suelo. Sin duda es una metáfora del buen socialismo: cómo va quitando, quitando, hasta que lo poco que queda es un ridículo punto de equilibrio inestable para la masa estúpida que aceptó jugar.

Y no estamos hablando de Educación para la ciudadanía, que merecería capítulo aparte. Padres y futuros padres, tíos y padrinos: si algún día esos inocentes niños que dejaron el hogar horas antes regresan con la mirada perdida y las comisuras babeantes, recitando letanías de amor al Líder, no digan que no se lo advertimos.

miércoles, 16 de enero de 2008

Historia encadenada (que continúe el siguiente)



La mirada de Leopoldo tenía esa mañana un brillo especial. Lo percibió él mismo, cuando se acercó al espejo para componer su fabuloso mostacho, ese que le permitió actuar de extra en grandes producciones históricas, como «Nicolás y Alejandra» o «Los duelistas». La vida le sonreía desde que un centenario y olvidado pariente suyo le convirtió en único heredero de su vasta fortuna, consistente en un latifundio andaluz amasado en periodos desamortizadores. De modo que ahora podía sentirse casi como una de esos señores de época que aparentó en las viejas películas, y sólo echaba de menos para completar el cuadro que un carruaje señorial lo esperase en la puerta.

Pero ese día era especial por algo más. Merceditas, la amiga, amante y esposa que nunca fue, a pesar de sus desesperados intentos durante años por conferirle tales títulos, quería por fin entrar en su vida, tras recapacitar acerca de las singulares virtudes de Leopoldo y de sus bigotes, que hasta entonces siempre había desdeñado.

Con el ánimo encendido por la inminente cita, avanzaba Leopoldo por la calle, capaz de devorar el mundo. Pero una sorpresa le aguardaba a la vuelta de la esquina:…

domingo, 13 de enero de 2008

Informe Semanal contra la vida


Es conocido de todos que Informe Semanal es un programa que ha forjado su prestigio durante décadas, lo que le ha deparado un unánime reconocimiento, aunque ya existan otros programas parecidos. Cuando yo era chico, ver Informe Semanal en familia era una costumbre, y resultaba instructivo, y no meramente informativo.

Sin embargo, en los últimos años el programa se ha ido empapando de ideología y partidismo, que ya rezuma por los cuatro costados. La emisión de anoche alcanzó tales abismos de degradación en la zafiedad de su manipulación y sus mentiras que es preciso denunciarlo, por la gravedad del tema del que se ocupaban. El asunto era el aborto, cuestión de actualidad por la denuncia que grupos cristianos han hecho de mataderos de niños no nacidos, principalmente en Madrid y Barcelona, lo que ha provocado una reacción de dirigentes socialistas que se puede calificar de abyecta. Sin ir más lejos, el presidente de la Junta de Andalucía sugirió que habría incentivos económicos para los médicos que los practicaran, habida cuenta de que la mayoría no lo hacen por ser objetores; esta felonía ha provocado la reacción del colectivo, justamente ofendido por ese intento asqueroso de comprar su conciencia. Tan repugnantes son las posturas de estos políticos, como estremecedor el propio crimen cometido, que ha deparado escalofriantes revelaciones como la existencia de un sujeto al que llamaban «Rompecocos», del que no es preciso decir más.

En este contexto, el antaño prestigioso Informe Semanal no tuvo otra propuesta que hacer que la emisión de un «reportaje» sobre el tema, en el que pudieron expresar su opinión toda clase de personas… que estuvieran a favor del aborto. Terminado el atentado a la verdad y a la inteligencia, sólo se podía concluir que algunas voces fanáticas se han opuesto con maldad al ejercicio de un derecho puro de la mujer, pero que la sociedad en masa apoya la libertad y pronto acallará a los disidentes. De hecho, Informe Semanal ya los acalló anoche, porque no dio voz ni a uno sólo.

El aborto es un crimen, se está cometiendo en España con dimensiones de genocidio, y la mayor parte de la sociedad parece idiotizada o cómplice, como los alemanes que veían pasar los trenes de ganado camino de los campos de exterminio. No podemos callar, porque nuestros hijos y Dios juzgarán culpable nuestro silencio.

viernes, 11 de enero de 2008

El mundo de Grey



Veo esporádicamente la serie «Anatomía de Grey», y cuando la veo el sentimiento más frecuente es la sorpresa. Supongo que es lo que pretenden sus guionistas, como los de cualquier culebrón televisivo, aunque mi sorpresa va por otros rumbos.

A mí me asombra que esta serie, que recrea las peripecias, tanto médicas como sexuales, de un grupo de jóvenes residentes en un hospital estadounidense, muestre una realidad en la que priman la volubilidad, los instintos primarios, el egoísmo, la envidia, la inmadurez y la irracionalidad. Pero el otro asombro con el que se encadena éste es el que cree entrever que la realidad social no se aleja demasiado de la televisiva, aunque no sepa quién imita a quién, o si es un feedback continuo.

Desde mi punto de vista, es como si alguien hubiese llegado a una guardería y hubiese disfrazado a los niños de médicos, al tiempo que los hubiese dotado de una carrera de seis años, una cuenta en el banco y unos genitales más efervescentes que una gaseosa. Me parece que el resultado sería parecido a lo que muestra la serie, incluso parecido a lo que la sociedad en la que vivimos nos enseña cada vez más.

Me temo –y cuando digo temo, hablo de miedo– que el mundo en el que habito es cada vez más extraño para mí, y se me atraganta; o yo soy cada vez soy más un cuerpo extraño para él, y me expulsa a los arrabales. Tampoco es que creyera ni mucho menos que viviese en los mundos de Yupi –Dios me libre–; pero resulta que vivo en el mundo de Grey, y eso no me gusta tampoco, porque es lugar de gente infeliz, pueril y desquiciada.

Aunque si quiero deprimirme de verdad, todavía tengo la versión española de la historia.

miércoles, 9 de enero de 2008

The cooler


La otra noche vi esta película, sin grandes pretensiones, y me dejó un sabor agradable. Me atrevería a decir que, si no fuera por sus generosas dosis de sexo, violencia y lenguaje malsonante, podría encuadrarse en el estilo Capra. Cuenta la historia de dos perdedores en una ciudad tan poco humana como Las Vegas. Tan deprimente es su condición que el uno (William H. Macy) trabaja de gafe para un casino famoso, mientras ella (Maria Bello), es camarera en el mismo… y lo que haga falta. Por azares de la vida, se enamoran, y él comienza a sonreír y deja de ser gafe para convertirse casi en una pata de conejo.

La historia contiene todo lo sórdido que he mencionado antes, pero también tiene humor, aunque me quedo con el amor. En un momento dado, ella descubre lo que ha surgido entre ellos, y lo confiesa más o menos así: «Creo que te quiero. No, estoy segurísima de que te quiero. Cuando me quise dar cuenta, me habías atrapado. Eso no se le hace a una chica». La cita no es literal, y mejora en la película. A mí me pareció una declaración sencilla, sincera y bonita.

Por su parte, él, en otro momento, le dirá a ella: «A partir de ahora, no vuelvas a mirarte en un espejo. Mírate en mis ojos, y te verás como yo te veo». Tiene sus motivos para decirlo, que no voy a revelar aquí, y en sus palabras late algo profundo y auténtico. A pesar de la catadura de los personajes y la circunstancia en que viven, la historia de amor es real, no se queda en la superficialidad de los sentimientos o la pasión: ambos se juegan la vida el uno por el otro, buscan su bien, se sacrifican y proyectan su vida en común.

No es una obra maestra, pero me encontré con esas cosas buenas, y os las cuento.

lunes, 7 de enero de 2008

Britney Spears


No hace falta que presente a Britney Spears: cantante pop de carrera vertiginosa, que conoció el éxito muy joven y ha vendido millones de discos en todo el mundo. Alguno pensará que estoy tratando de atraer público al blog (los hay que desde la foto del escote no han vuelto a poner los pies por aquí). Nada más lejos.

Lo que ocurre es que la llamada princesa del pop lleva un tiempo siendo carnaza para los periodistas, que airean como desecho pestilente lo que queda de su destrozada vida privada, a los veintipocos años. Y no sólo los que se dedican a los programas del corazón, porque los noticiarios y demás pregoneros de morralla informativa se rebajan también a ese nivel. La muchacha chapotea en el charco de una vida personal calamitosa, con al menos un par de divorcios y un par de hijos en este mundo, que yo sepa, porque tampoco me he puesto a wikear para documentar esta entrada.

A mí me revienta mucho todo esto, porque a fin de cuentas la chica es una desgraciada que no ha tenido una familia que la sujete cuando el éxito se le ha subido a la cabeza, y sin educación ni criterio va dándose trompazos. Pero la razón de que escriba sobre este asunto es que me parece repugnante cómo se señala –de pequeño me enseñaron que estaba feo hacerlo– todo tropiezo de Britney Spears y se echa sal en sus heridas por los medios de comunicación en que todos abrevamos. Los mismos que, al minuto siguiente, hacen propaganda de tal o cual producto o comportamiento apropiado para la chica rebelde de hoy, «libre», desinhibida y descarada. Precisamente el tipo de chica que tiene todos los boletos para acabar como Britney Spears.

Estoy harto de que los padres de estas criaturas mediáticas abominen de ellas cuando su imagen se estropea, y no detengan su fervor por engendrar monstruos semejantes o peores para que hagan un cadáver joven y tierno. Son personas, son nuestros hijos.

viernes, 4 de enero de 2008

Qué bello es vivir


La mayoría conocéis mi devoción por Frank Capra, y particularmente por su película “Qué bello es vivir”, para mí, la mejor de todos los tiempos. Podría hablar mucho del guión maravilloso, del ritmo, de los actores –inolvidable James Stewart, en tantos registros-, de los momentos emocionantes –la conversación telefónica, el final-, de las lágrimas que siempre me asaltan cuando la veo.

Pero me voy a limitar a recoger lo que dice Capra en su autobiografía: «Es la mejor película que he hecho nunca. Es más. Me atrevo a decir que es la mejor película de la historia. No la hice para los críticos aburridos ni para los intelectuales pedantes. La hice para la gente sencilla como yo; gente que quizás había perdido a su marido, o a su padre, o a su hijo; gente que estaba a punto de perder la ilusión de soñar, y a la que había que decirle que ningún hombre es un fracasado».

Una cosa más. Lo que se cuenta en esta película no es un cuento de Navidad ni un cuento chino. Es lo que puede ser la vida, para lo que está hecha. Conozco casos, y por ellos sé que la vida es maravillosa.

jueves, 3 de enero de 2008

Ataques a la Iglesia


Esto no es un blog de asuntos políticos, pero ante ciertas mentiras no puedo callar. A raíz de la multitudinaria concentración de católicos en Madrid el pasado día 30 de diciembre, el partido gobernante ha evacuado un panfleto titulado «Las cosas en su sitio», que me he molestado en leer entero y que es puro desperdicio. No puedo extenderme mucho, así que comentaré algunas ideas:

-Se califica el acto como «manifestaciones públicas, de contenido político»: es una manera de insinuar dos cosas: una, que al tener contenido político (y no religioso, supuestamente), la Iglesia se mete donde no le incumbe; y dos, que el acto es partidista, porque la gente no distingue lo político, que es todo lo que afecta a los ciudadanos y a la sociedad, incluidos los católicos y la Iglesia, de lo que corresponde a los partidos.

-«La fortaleza de la democracia consiste en la garantía de la convivencia de opciones ideológicas, morales y religiosas distintas, sin aceptar la imposición de ninguna en particular»: se sugiere así que las manifestaciones de la Iglesia y los católicos en torno a cuestiones que interesan a todos, incluidos ellos, suponen un ejercicio de imposición de creencias. Imagino que también lo será para estos políticos el pertenecer a un sindicato, a un equipo de fútbol o a una asociación folclórica, y proclamarlo. A su juicio los creyentes deben callar, sobre todo si son católicos.

-«En un régimen de libertades, la fe no se legisla». Expliquemos esta consigna: para estos políticos la defensa de la vida contra el aborto, del matrimonio contra el divorcio y de la familia contra el individualismo son creencias religiosas de unos cuantos obispos y sus allegados más beatos y conservadores. No se puede pretender que la ley defienda el matrimonio, la familia o la misma vida tal y como pretende la Iglesia. Es más, la propia defensa que la Iglesia hace de esas nociones confirma las sospechas de estos políticos: son instituciones trasnochadas y arcaicas, a las que han hecho bien en tratar de desbaratar con sus iniciativas.

-«Toda confesión religiosa tiene plena autonomía en su orden doctrinal respecto de quienes participan de ella, pero es la sociedad la que tiene, a través de sus representantes, la potestad de ordenar los principios de libertad individual y de convivencia para todos los ciudadanos. Sólo quienes deliberadamente ignoran o no respetan estos principios se apartan de los fundamentos esenciales de la democracia». En definitiva, que la democracia que dicen defender estos políticos es la del silencio para los que no comulguen con sus ruedas de molino, que para ello les respalda una precaria mayoría compuesta de partidos diversos entre los que figuran algunos postuladores de la disolución de España y del odio a la religión. Ellos son los únicos con derecho a decir qué conviene a la sociedad, que para eso han ganado, y los demás, que traguen. Sin embargo, la Iglesia no ha puesto en cuestión la legitimidad de quienes gobiernan, sólo ha querido hacer oír su voz respecto de cuestiones urgentes, que la misma Constitución defiende como valiosas; pero por lo visto, el mero hecho de que hable es un peligro para la democracia.

-«No hay más legitimidad que la legitimidad constitucional». Y esto, ¿a qué viene? ¿Quién ha puesto en duda la Constitución? Precisamente lo que ha hecho la Iglesia es tratar de recordar que debe aplicarse lo en ella dispuesto, así como la Declaración Universal de Derechos Humanos, a la que aquella remite en su artículo 10. Pero es otra forma de poner a la Iglesia contra el orden jurídico constitucional y la democracia, sin fundamento alguno. A no ser que estimemos que la democracia la constituyen solos estos políticos.

Todo el panfleto, que ocupa un folio, viene demagógicamente trufado de los conceptos (y sus derivados) «libertad» (8), «respeto» (5) «democracia» (4), «igualdad» (2), que se aplican a ellos mismos y a su talante, junto a otros conceptos empleados de forma manipuladora como «avanzar», «fortalecer» o «ampliar», que orlan sus actuaciones de un aura positiva y guay.

A esto hay que sumar los diversos improperios eructados por dirigentes políticos que no merecen más que un discreto taparse las fosas nasales. Disculpad el mal rato.

martes, 1 de enero de 2008

Año nuevo


Estoy viendo el concierto de Año Nuevo, desde la Sala Dorada de la Musikverein, en Viena. Laura y yo estuvimos allí hace unos meses y oímos piezas de Mozart. Es una manera alegre, refinada y elegante de empezar esta nueva andadura. Espiritual, incluso, porque el espíritu también puede ser alegre, refinado y elegante. Me atrevería a decir que incluso está hecho para eso. A ver si lo conseguimos durante este año.

¡Feliz 2008 a todos!

lunes, 31 de diciembre de 2007

Soy leyenda


Dos cosas llaman la atención de esta película. La primera, un hombre solo en el mundo, como un náufrago en la isla de Manhattan, que trata de aprovechar todos sus recursos –no va de compras a las tiendas, sino directamente a los pisos de la Quinta Avenida o Tribeca, abandonados por sus dueños- y que se mantiene en forma. La segunda, una ciudad deshumanizada, tomada por la naturaleza, donde la fauna campa por unas calles que ejercen de sabana, y la vegetación creciente patentiza la fragilidad de la obra humana.

Lo que viene después es el horror, la colmena de seres antaño humanos, vampirizados, que viven en las sombras y salen de caza al anochecer. De día están ausentes, invisibles, pero existe un vacío, un silencio que les guarda sitio, y que cobija sus aullidos nocturnos.

Will Smith se esfuerza mucho, y sufre mucho. La película construye una leyenda en torno a él, y casi lo consigue. Sólo al final, uno de esos finales que no sabe hacer el cine de hoy, lo desbarata, con una mezcla de “Dragonfly” y “Señales”. Es una pena, porque se había ganado el aplauso ese hombre solo, que compadecemos con un estremecimiento sobre todo cuando echa el cerrojo a puertas y ventanas al llegar a casa, en un vano intento de que el terror se quede fuera.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Salvados en la esperanza


«La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una “prueba” de lo que aún no se ve».

«La fe es la sustancia de la esperanza. Pero entonces surge la cuestión: ¿De verdad queremos esto: vivir eternamente? Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable»».

«De algún modo deseamos la vida misma, la verdadera, la que no se vea afectada ni siquiera por la muerte; pero, al mismo tiempo, no conocemos eso hacia lo que nos sentimos impulsados. […] Esta “realidad” desconocida es la verdadera “esperanza” que nos empuja y, al mismo tiempo, su desconocimiento es la causa de todas las desesperaciones, así como también de todos los impulsos positivos o destructivos hacia el mundo auténtico y el auténtico hombre. La expresión “vida eterna” trata de dar un nombre a esta desconocida realidad conocida.».

«[E]s verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando “hasta el extremo”, “hasta el total cumplimiento” (cf. Jn 13,1; 19,30)».

«Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre […]. Digámoslo una vez más: la capacidad de sufrir por amor de la verdad es un criterio de humanidad».

«Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil. Así se aclara aún más un elemento importante del concepto cristiano de esperanza. Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal».

(Benedicto XVI, Spe salvi)

viernes, 21 de diciembre de 2007

Testigos del horror


Se habla de memoria histórica, pero se recuerda poco, y se sabe menos. El siglo XX fue pródigo en horrores. Podemos mencionar como representativos a los nazis y a los soviéticos. Pero también jemeres rojos, hutus y tutsis, chetniks, otomanos o maoístas cubrieron de sangre la tierra como para hacer de regadío una cosecha de muerte. Muy grave fue aquello, pero también los acontecimientos, ideas y conductas que lo provocaron, además de las que fueron paralelas y sobrevivieron.

Conviene no olvidar lo que pasó, para pensar en su por qué, que lo hubo, aunque fuera irracional. Es menester recuperar la obra de algunos testigos de la masacre, sentir repeluzno y espanto ante sus historias, pasar alguna noche en vela meditando lo ocurrido, y pasar el resto de la vida velando por si se aproxima otra vez la sombra de ese Mal. Escritores como Alexander Solzhenitsyn (“Archipiélago Gulag”), Vasili Grossman (“Vida y destino”), Imre Kertész (“Sin destino”) o Viktor Frankl (“El hombre en busca de sentido”) nos hablan de la experiencia del horror y de cómo el hombre puede sobrevivirle. Sus libros son memoria viva y necesaria para no recaer en abismos de pesadilla.

Sin embargo, el veneno no se consumió del todo y en parte vive y se extiende de nuevo. No sólo por el recuerdo acrítico de los verdugos, cómo el que ensaya Jonathan Litell en su celebrada “Las benévolas”, donde un antiguo nazi narra su historia de sadismo delirante sin el menor remordimiento. Además, se olvida que los asesinos fueron amantes de la muerte en todas sus formas, incluidas la eutanasia o el aborto, y algunas de estas pasiones extienden sus tentáculos en nuestra sociedad del bienestar, y engendran otras aún más monstruosas.

Hay que volver a los testigos del horror y aprender en su carne las lecciones. No se puede tropezar más veces en esta piedra.