miércoles, 29 de octubre de 2008

Películas







Lo sé, lo sé, mi blog es un asco, lo tengo abandonadito. Y no es que no haga o me pasen cosas, tal vez es que son demasiadas.

En cuanto al cine, debilidad conocida de este bloguista, he visto bastantes pelis, y voy a comentar algunas que considero recomendables:

-La gran prueba (William Wyler, 1956): es la historia de una familia de cuáqueros durante la Guerra de Secesión americana. El reparto, encabezado por Gary Cooper y Anthony Perkins, está genial, el guión es estupendo, y además está llena de optimismo y enseñanzas valiosas. Es una de esas películas que, por mucho que se vean, no cansan.

-Iron man (Jon Favreau, 2008): otra prueba de que el cómic de superhéroes es un filón inagotable. Esta vez le toca el turno al «hombre de hierro», encarnado (debajo) por Robert Downey Jr. No se parece a otras pelis de lo mismo, contando con que hay acción y humor. Es buena, y el final, en su simplicidad, uno de los mejores que he visto últimamente (y eso que el cine moderno cojea precisamente de ahí).

-El cazador (Michael Cimino, 1978): otro clásico, relativamente reciente. Una película de grandes actores y con un director inspirado para hablar de la guerra de Vietnam y los hombres que destrozó. Es dura, pero cuenta con la ventaja de que, a diferencia de otras películas similares, el protagonista principal (Robert de Niro) tiene la simpatía del espectador, lo que hace más fácil la contemplación de esta película formidable.

Aparte de esto (y otras muchas más que no menciono por no alargarme), seguimos con la segunda temporada de El ala oeste, una serie con protagonistas y guiones cultos e inteligentes que da gusto ver, a diferencia de la bazofia que habitualmente se emite por la tele. Para que no se me acuse de rancietud, también estoy viendo la reciente John Adams, premiada miniserie que cuenta la fundación de los Estados Unidos. Envidia me dan, sinceramente.


martes, 14 de octubre de 2008

Lo que perdura


He perdido la cuenta de las cosas que he hecho hoy: leer prensa, leer libros, llevar el coche a revisión, pasarme por la universidad, hacer la compra (dos veces), ver las noticias, ver una serie, reciclar basura, contestar el correo, faenas domésticas, llamar por teléfono… y preparar una lista de las cosas que haré mañana desde muy temprano.

Entre la realidad virtual y la realidad volátil, entre tantos trajines, idas y venidas, me pregunto qué es lo que queda. Antaño se hacían menos cosas, se leía menos (aunque mejor), se tenía menos información y menos compromisos. Pero lo poco que se hacía llenaba una vida, se llevaba a cabo con cuidado, tesón y… perduraba. Me pregunto cuántas de las cosas que he hecho hoy dejarán huella. Quizá debería prescindir de la mitad, o de tres cuartas partes, y hacer el resto más despacio. Abarcar menos, pero apretar fuerte. Mejor hacer una catedral que un millón de cajas de cerillas.

Y este blog está incluido, lo que no sé es dónde.

lunes, 6 de octubre de 2008

Tierras de penumbra


C. S. Lewis, conocido como autor de Cartas del diablo a su sobrino o Las crónicas de Narnia, entre otras obras, era además un reputado profesor de Oxford cuando, ya maduro, conoció y se enamoró de una escritora americana, Helen Joy Gressan. Su breve matrimonio fue truncado por la muerte de ella, lo que sumió a Lewis en una profunda aflicción de la que sólo la fe, ayudada por la razón, le pudo sacar. La historia fue llevada bellamente al cine por Richard Attenborough en Tierras de penumbra, con Anthony Hopkins y Debra Winger como protagonistas.

La película es valiosa, hondamente humana y sencilla, a pesar –o precisamente por ello– de que sus protagonistas son personas intelectualmente insignes y el ambiente en que se mueven el de la más alta cultura. Es una película que habla de la fe, del amor y del dolor, e indaga en sus mutuos vínculos.

Pero mejor que en la película estos vínculos se descubren en el librito que Lewis escribió en su esfuerzo por enfrentarse al desgarro que le produjo la muerte de su esposa, titulado Una pena en observación. En esta obra Lewis reflexiona desde la posición de un creyente que piensa, como suele ocurrir, que Dios le manda cosas para ponerlo a prueba: «Claro que lo de “enviadas para probarnos” conviene entenderlo a derechas. Dios no ha estado ensayando un experimento sobre mi fe o mi amor con vistas a poner en claro su calidad. Esa calidad ya la conocía. En este juicio Dios nos obliga a ocupar al mismo tiempo el banquillo de los acusados, el escaño de los testigos y el tribunal. Él siempre supo que mi templo era un castillo de naipes. Su única manera de metérmelo en la cabeza era desbaratarlo».

Lewis descubrió, en la conmoción que le produjo la muerte de su mujer, que estamos hechos de frágil barro, y que ni nuestras firmes convicciones ni nuestros apasionados amores son nada al lado de la magnanimidad y misericordia de Dios. Débiles criaturas, debemos volver al Creador para que la vida no se nos venga abajo en un trance doloroso. Lo inteligente, pensaba Lewis, es descubrir en el dolor razones, que generalmente obviamos, para alimentar nuestra fe.

En cuanto al matrimonio, esta misma reflexión contribuía a iluminar sus sombras: «Escribía la otra noche que la aflicción no es el truncamiento del amor conyugal sino una de sus fases regulares, como lo es la luna de miel. De lo que se trata es de vivir el matrimonio cabal y fielmente también a través de esta fase. Si duele –y claro que duele– hay que aceptar tal dolor como un elemento inherente a esta fase. No pretender esquivarlo a costa de la deserción o el divorcio, de matar al muerto por segunda vez».

El hombre verdaderamente listo, como era Lewis, es capaz de religar inteligencia y amor, amor y fe. Eso no le librará del dolor, pero su vida será más plena, y tendrá sentido.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Lecturas


Escribió Jean Guitton: «Si los ateos estuviesen tan seguros de tener razón, no serían agresivos». Es una pena que tantos que se dicen ateos sólo busquen una respuesta fácil para no ir más allá, para no llegar hasta la verdad. Si la verdad fuera una meta, no habría ateos. Edith Stein contaba, de su vida antes de la conversión: «Mi única oración era la búsqueda de la verdad»; después pudo decir: «Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente busca a Dios».

La pregunta sobre Dios no es una cuestión de mera fe. Juan Pablo II, al comienzo de su encíclica Fides et ratio lo deja bien claro: «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». Y añadía: «Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad de sí mismo». ¿Puede haber tantas respuestas en tan pocas palabras?

Pero estas son las respuestas que algunos se niegan a buscar, por un tozudo orgullo, o por pensar que se trata de algo secundario, y no puede haber un planteamiento más ingenuo. Ya lo dice Robert Spaemann: «Si Dios existe, entonces eso es lo más importante». Si Dios existe, todo cambia, todo cobra sentido (sin él, como dijo Dostoievsky, nada tiene sentido). Por eso es lo primero que hay que averiguar.

Hasta tal punto se cree en nuestra época que Dios no es necesario, que es una cuestión que se puede postergar, que incluso entre cristianos se da pábulo a los argumentos de ateos y descreídos, sólo por su superficial atractivo. Lo advertía el todavía Cardenal Ratzinger: «Su pensamiento parece más interesante, pero a costa de la verdad».

Si la verdad no es luz y guía, si Dios no es lo primero, si el complacer a los demás o las recompensas terrenas sustituyen a lo esencial, la propia Iglesia puede desnortarse. Según Nicolás Gómez Dávila: «A una Iglesia que no vuelve la espalda al mundo, éste le acaba dando la espalda». La Iglesia está para dirigir el rumbo a la Verdad, y entonces el mundo se volverá a ella, y volverá a Dios.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Prohibir el aborto


Todos lo esperábamos con ansia. Esta joven ministra, sensible y moderna, educada en un colegio de monjas, iba a dar el paso valiente que hacía falta: promover una ley que prohibiera el aborto. Se había dado cuenta de que el grito de los no nacidos y su sangre derramada en matanzas siniestras constituían una situación insostenible. No se podía permitir que unas madres, por angustiadas que estuviesen, llevaran a su hijo más indefenso al carnicero para que lo hiciese trizas; ya se buscarían otras formas, costase lo que costase, para paliar esa angustia, pero no a costa de la sangre de otros. Por fin una mujer progresista iba a decir sí a la vida, sí a la persona, sí al derecho a nacer y a probar el aroma del aire. Habían muerto muchos mientras tanto, nos habíamos embrutecido hasta extremos inimaginables, se estaba poniendo en peligro la supervivencia de nuestra sociedad. Pero con ella la pesadilla terminaba, se nos devolvía la esperanza.



O eso quisiera haber escrito.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Películas del verano


Coinciden los críticos en que éste ha sido un verano de cine inusualmente bueno, con películas que pueden competir por los óscars con merecimiento, y que además tienen una calidad contrastada. Yo he visto tres, y voy a comentar brevemente cada una:

Hancock: peli de superhéroe, y peli de Will Smith. Ambos detalles me atrajeron al cine. Es una pena que la publicidad previa quite la sorpresa de algunas escenas estupendas, y hay que reconocer que lo mejor de la película es el planteamiento, original y divertido. Luego la historia sale por donde uno menos se lo espera, y parece otra película. Pero así y todo está bien, los actores son buenos y los efectos especiales contundentes.

El caballero oscuro: la segunda parte no defraudó después de la grata sorpresa de la primera (no cuento anteriores “batmanes” porque esta es una senda diferente, la de Christopher Nolan). Y no sólo no defraudó, sino que alcanzó cotas muy altas de profundidad –valga la paradoja- en todos los aspectos, dejando la sensación de haber visto un peliculón –cuando fui el día del estreno, hubo aplausos, y eso no es corriente-. Toda la propaganda ha girado en torno al personaje de Joker, interpretado por el fenecido Ledger, y que resulta inquietante por su nihilismo absoluto –no sé si acierto con el término o si suelto un pegote-, aunque hay otros personajes estupendos, muy bien interpretados, y una historia de clímax continuo o sucesivo que te deja sin resuello, y un final bueno, o varios finales buenos, en el mejor sentido de la palabra.

Wall-E: a la historia de este robotillo la han calificado casi todos como obra maestra. La distancia y el tiempo nos lo dirán. Pero desde luego es emocionante, técnicamente perfecta, divertida y triste, dura y tierna, elegante y sucia, fría y calidísima, grandiosa e íntima,humana y artificial. Todo cabe, y todo está perfectamente encajado. Es tan buena que no se atreve uno a decirlo con la boca llena, para no romper el encanto.

Espero que el otoño no desmerezca.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Hablar de resurrección


Un conocido periodista elogia a un famoso actor que acaba de superar un cáncer, y de paso anima a otros enfermos “a no perder la mayor esperanza: la esperanza de la curación”. Claro que un enfermo desea curarse, pero, ¿es esa la mayor esperanza del hombre que sufre? Curarse está muy bien y es deseable, pero como mucho significa volver a una vida que al cabo de pocos años terminará, posiblemente entre nuevos achaques.

Antaño la gente ponía su gente ponía su esperanza en una nueva vida, en una vida gloriosa y para siempre, en la eternidad mediante la resurrección. Pero ahora se habla antes de reencarnación –con sus adornos estrambóticos- que de resurrección. Y las consecuencias se notan. Ya decía Julián Marías que no es lo mismo vivir creyendo que existe otra vida después de ésta, que pensando que el final está en la sepultura. La esperanza de un Cielo hace que no se acumulen tesoros en la tierra, que se relativice lo material, que no haya tantas angustias por tener tiempo para lograr los resultados y las satisfacciones de lo inmanente.

Por desgracia, ni siquiera los cristianos son hoy muy dados a hablar de resurrección, pese a que San Pablo decía que, sin la resurrección, su fe sería un dislate. ¿Estaremos haciendo el ridículo?

martes, 29 de julio de 2008

Beau Geste


Quien no haya perdido la infancia por el camino, seguirá gustando de las historias de aventuras. Yo me crié con Salgari, Verne, Hope, a los que luego se unieron los enredos de Agatha Christie y otros. Luego, desde hace año, vinieron a ocupar mis lecturas libros mucho más sesudos y… aburridos (a su manera).

Este verano estoy recuperando viejos sabores porque, entre rato y rato de trabajo en casa, cojo una novela, en lugar de mis habituales tochos. Así, he vuelto a leer “El misterio de cuarto amarillo”, de Gaston Leroux, novela mítica de mi adolescencia. También he disfrutado con la más reciente “El club Dante”, de Mathew Pearl, de quien espero ansioso comprobar si mantiene el nivel en su próximo libro.

Lo último ha sido especial. Desde niño sentí una gran fascinación por “Beau Geste”, de William Wyler, película de 1939 (el mejor año de la historia del cine), con Gary Cooper en el papel principal. Es una historia de la Legión Extranjera Francesa, en la que se mezcla un misterio que no quiero adelantar. Durante años busqué la novela en que se basaba, de P. C. Wren, y al fin la encontré en un mercadillo, y la acabo de terminar. Confieso que no me acordaba muy bien de la historia, y eso ha hecho que devore el libro casi sin pausa, pues mantiene la tensión hasta el final.

Estos son los sabores de los veranos antiguos. A quien los probó, lo animo a revivirlos.

viernes, 11 de julio de 2008

Anatomía de un asesinato


Ayer volví a ver «Anatomía de un asesinato», de Otto Preminger, esa gran película de juicios, una las mejores, que cuenta con un reparto excepcional: James Stewart, Arthur O’Connell, George C. Scott, Ben Gazzara, Lee Remick…, que lo bordan y entretienen a pesar de su largo metraje.

Mucho mérito en esto tiene también el guión, del nominado en esta ocasión Wendell Mayes, que es minucioso, inteligente, divertido y elegante, además de otros adjetivos que me dejo en el tintero. Tiene mérito que en su época -1959- se hable en esta película de violación, de bragas, de calentones, de espermatogénesis, incluso de fajas, sin perder la compostura y la educación. Lo que se cuenta es sórdido, hay varios personajes despreciables, y sin embargo la película, sin estar edulcorada, transmite civilización. Algún nostálgico pensará que así era el mundo antes de la muerte de Kennedy (yo no lo puedo decir porque no lo viví).

El guión tiene numerosas perlas, como cuando el asesino se disculpa ante su abogado por su actitud hosca: «Siento lo de antes», ante lo que el bueno y listo de James Stewart contesta con aburrimiento: «No, no lo siente». Son estupendas también las disputas entre los abogados en el foro, de las que siempre sale triunfador un James Stewart campechano y zumbón. Tiene gracia su inocencia respecto de la ropa interior femenina, y su insistencia en que Lee Remick use faja…

Bueno, yo pretendía hablar del guión, pero acabo hablando de James Stewart, ¿por qué será?

martes, 8 de julio de 2008

Nadal


Rafa Nadal ha ganado Wimbledon, el mismo año que ha ganado Roland Garros por cuarta vez. Y lo ha hecho en la final más larga de la historia. Este chico tiene mucho mérito, y su nombre va a pasar a la posteridad como un grandísimo deportista, no sólo español.

A mí me cae muy bien. Es mallorquín, pero orgulloso de su españolidad. Es del Real Madrid (bueno, ya sé que esto no es importante, pero…). Es sencillo, familiar, humilde y trabajador. Como ocurrió con Induráin, no estamos solamente ante un fenómeno del deporte, sino ante un modelo de persona, al menos en los aspectos que he mencionado. Es absurdo empezar a hablar de si es el mejor de la historia. Tiene sólo veintidós años, y una trayectoria espectacular por detrás, pero todavía muchísimo tiempo por delante para dejar una huella profunda. Espero que las lesiones lo respeten y que el éxito no se le suba a la cabeza. Si sigue en la misma línea, dará un ejemplo muy bueno a las jóvenes generaciones, que falta hace. ¡Vamos, Rafa!

viernes, 27 de junio de 2008

La Historia


Vivimos un momento histórico, nos dicen. ¿Y cuál no lo es? Porque la selección española ha pasado de cuartos, y ahora encima va a jugar la final. Si gana, me imagino que acaecerá el fin del mundo, el Apocalipsis, el final de la Historia, que decía Fukuyama.

No pretende reírme del éxito de la selección. Me alegro como cualquiera. Tampoco de los zangolotinos comentarios de los periodistas (los tengo atravesados, salvo alguna honorable excepción). En realidad, me iba a tomar en serio todo esto y a preguntarme: si esto es un momento histórico, ¿cómo lo recordaré el día de mañana, cuando sea (más) mayor?

Pues recordaré quizá que la victoria de la selección fue un respiro bajo el gobierno de Zapatero (quizá también para el gobierno de Zapatero); que cundió la exultación, y eso que estábamos en alerta naranja por el calor; que algunas canciones pusieron su banda sonora (espero no acordarme de Chiquilicuatre) a los acontecimientos; que la ilusión hizo brillar de nuevo los ojos de los deprimidos por la crisis (desaceleración acelerada, cambio brusco…) económica; que España entera se movilizó para que Virginia ganara OT por encima de los demás impostores no mucho mejores que ella; que fue un verano mágico y soñamos con futuros triunfos…

Todo esto parece el cuento de la lechera o una película americana. Pero habrá gente, tal vez mucha, que sienta todo esto y conserve una semejante memoria histórica. Y yo puedo imaginarlo en un ejercicio de empatía. Pero no sentirlo, me temo que no soy tan normal como el resto. O a lo mejor sí, a fin de cuentas me encantan las películas americanas…

martes, 24 de junio de 2008

Divagaciones en torno al tiempo y las tareas


«No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy», se ha dicho siempre. Aunque no sé quién lo dijo. Motivación, cuando se lo dice uno a sí mismo, a solas y con convencimiento. Reproche, cuando te lo dice otra persona, por muy querida que sea y por mucho que te esté queriendo al decirlo. Trampa, si haces como Felipe, el amigo de Mafalda, que después de colgar este lema en la pared, proclama con personalidad: «¡Mañana mismo empiezo!». En fin, todo esto a cuento del abandono de mi blog, que me exige estos y otros recordatorios.

Pero la frase puede hacerse más opresiva o candente si se nos recuerda: «No dejes para mañana lo que debes hacer hoy». Y es peor cuando ese hoy lo cambias por un ayer. Ay, cuando la perentoriedad se refiere a algo que ha ido quedando atrás, la obligación nos cuelga del cuello como una cuerda de cuyo extremo lejano pende una piedra, que conforme se hace más pequeña aumenta el riesgo de quebrarnos el pescuezo.

Ítem más: respecto de mis frustrantes intentos de régimen, una torva vocecilla susurra en mi interior cuando paso cerca de la despensa: «No dejes para mañana lo que te puedas comer hoy».

Soy un hombre de profundas (y gordas) contradicciones.

martes, 17 de junio de 2008

Indiana Jones etcétera


Por fin llegó el día en el que escribir sobre Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (que sólo con el título ya llena mi entrada). Lo hago cuando he podido verla en un cine con espacio para tanta aventura.

Mi valoración es buena. La película entretiene, tanto en cuanto a diversión como en lo que se refiere a tensión. La gracia y el peligro están bien dosificados, y generalmente bien ensamblados. La trama es rocambolesca, en algunos momentos absurda, e incluso paródica. Hay homenajes a otras historias, aunque a veces parecen de cachondeo –como el de Tarzán-, y otras son geniales, como la de Salvaje. Hay autocitas, como a la primera película de la saga, o a Encuentros en la tercera fase. Pero me ha llamado sobre todo la atención que un genio del cine haga imitaciones tan descaradas de títulos recientes: Van Helsing en la persecución por el borde del acantilado, La momia en el ataque de las hormigas, o Expediente X en el final. Precisamente en estas escenas está más presente el ordenador que en el resto de la película, donde se mantiene el estilo clásico de decorados y efectos especiales de las anteriores películas.

Los actores están bien, pero desaprovechados. El oscarizado Jim Broadbent tiene un papel despreciable –en cuanto a peso– como decano; los dos veces nominados John Hurt y Cate Blanchett cumplen en unos roles que les dejan poco margen de maniobra; y el veterano Harrison Ford recibe más golpes que en todas las demás películas juntas, lo cual es pasarse. No me ha gustado nada, y lo siento, Karen Allen, que en la primera película era mucho más humana y real que en ésta, absolutamente inverosímil.

Ya lo han dicho otros, y estoy de acuerdo; esta entrega está al nivel de la segunda, pero no de las otras dos. No es una película que deje huella, pero sí una agradable sensación de cine palomitero. Ni siquiera aturde pensar en una continuación, que se insinúa protagonizada por el joven Shia LaBeouf. No sé si será así, ni me importa: ya estoy pensando en Night Shyamalan.

lunes, 9 de junio de 2008

Las aventuras amorosas del joven Molière


No he leído a día de hoy nada de Molière, ni he visto representada ninguna de sus obras. Después de esta confesión de ignorancia, contaré lo que sé de él, aunque no sea cierto. En Las aventuras amorosas del joven Molière, como el propio título indica, este clásico dramaturgo aparece como protagonista de unas apócrifas peripecias de juventud, que, como ocurre otras veces, la película vincula con la realización de las obras de su posterior etapa triunfal.

Los elementos en común con la popular Shakespeare in love son más que evidentes. Sin embargo, creo que a mí esta me ha gustado más. Y eso a pesar de que es francesa, que el feo actor principal parece el heredero al trono austriaco –de la época-, y que el resto del reparto no me resulta muy familiar. Esta película tiene una ambientación exquisita, un guión de gracia finísima e inteligente (creo que en parte basado en la propia obra molieresca), una naturalidad cautivadora, incluso en medio de las afectadas actitudes del siglo XVII que recrea, y un elenco de intérpretes que, aunque chocante, resulta perfecto en sus papeles. Pero, además, tiene un fondo serio, que habla del arte, del amor y del sacrificio. Y esto no lo recuerdo en la de Shakespeare, que dentro de sus méritos me pareció más superficial, y quizá también más pretenciosa.

Película absolutamente recomendable, que me anima a leer alguna de las comedias de este autor que tengo aparcadas en la estantería. Ya me contaréis luego.

lunes, 2 de junio de 2008

Dogmas socialistas

Acabo de leer unas declaraciones de la Vicepresidenta del Gobierno (ya la conocéis, no me pidáis foto), en las que se refiere al fracaso de las medidas para paliar la violencia de doméstica (que ellos prefirieron llamar «de género» y ahora denominan «machista»). Según esta señora, para conseguir que la ley funcione hay que convertirla en dogma. Toma ya. Parece que el no creer ciegamente en las virtudes de la norma constituye la causa de su inanidad.

No es el único caso. Ya había oído a algunos pedagogos progres (otra de las grandes lacras de nuestro tiempo) responder a las críticas a la Logse (reconvertida en Loe) con el argumento de que es preciso que sus disposiciones tengan la intangibilidad de un dogma para que sus objetivos alcancen buen puerto. Mientras haya mentes cerradas que no admiten sus postulados, dicen, no habrá forma de comprobar la fuerza sanadora de sus virtudes para nuestros escolares.

La misma actitud podemos comprobar cuando nos adentramos en el terreno de la ideología de género, de tanto peso en la asignatura de Educación para la Ciudadanía, y presente ya hoy por todas partes en nuestro ordenamiento jurídico. Es una de las claves de lo políticamente correcto, y aquí no se trata de que debas creerte sus ideas para que surta efecto; es que su consideración de dogma ha llegado a tal extremo que, si eres disidente, te quemarán en una hoguera inquisitorial laicista.

En el fondo, la idea del dogma lo que persigue no es el éxito de estas iniciativas tan discutibles, sino sencillamente anular las críticas. Si las leyes socialistas son dogmas de fe, a otra cosa mariposa, hablaremos del tiempo. Y de la tiempa.

jueves, 29 de mayo de 2008

Preguntar a la calle


No va a ser un día –hoy de nuevo me resistiré– en el que hable de las noticias-burradas que se ven en televisión, donde no se sabe si la barbaridad está en el contenido, o en el hecho de que lo presenten como información de interés.

Pero no me voy a alejar mucho de este ámbito. Porque hay otro aspecto de los programas informativos que me irrita, y que para anular mi esperanza, parece que cada vez ocupa más espacio. Se trata de la preguntita a la gente de la calle. No puedo soportar que, tras un par de frases en que se resume el argumento noticioso, los periodistas se declaren en huelga de neuronas y echen por la calle de en medio, o la que sea, para preguntar al vulgo su opinión sobre los asuntos más peregrinos.

Siempre hay algún agricultor jubilado tomando el sol, y que seguramente responderá con tino a la cuestión candente: «¿Ha hecho bien el Fondo Monetario Internacional en presionar a los gobiernos africanos que trafican con diamantes?». La respuesta será, sin duda, diamantina. No mucho más allá encontrará la atrevida reportera a la sagaz abuelita que acarrea la compra, la persona más cualificada para contestar al interrogante: «¿Cree usted que el Blue-Ray será pronto superado por un nuevo formato?». Cuánta perspicacia acrisolada entre fogones encontraremos en su respuesta. Por último, la intrépida periodista culminará su ronda de preguntas con la aportación conspicua de un estudiante de vuelta del botellón: «¿Debería reformarse el Código de Derecho Canónico para flexibilizar las condiciones de la declaración de apostasía?». La lucidez de su respuesta confirmará a todos lo rancio que sería hoy recordar ese dicho de «doctores tiene la Iglesia», frase que nuestro prócer botellonero jamás osaría repetir, perdón, conocer.

Después de estas hazañas dignas del Pulitzer, los periodistas no sólo habrán cumplido su secundario objetivo de rellenar el espacio informativo. Sobre todo, nos han proporcionado, sin pedir a cambio más que nuestra atención, una exacta radiografía de la sociedad española. Mil gracias.

martes, 27 de mayo de 2008

Marilyn


Últimamente estoy viendo varias películas de Marilyn Monroe gracias a que nuestro canal autonómico ha tenido a bien concedernos un ciclo de esta actriz. La mayoría las había visto, otras me resultaban desconocidas, y las demás lo seguirán siendo pues no entran en el repertorio habitual de las televisiones.

Mi impresión, en todo caso, es que Marilyn sigue llenando la pantalla, y no sólo por sus exhuberancias anatómicas, sino por un particular don para encantar el celuloide. No es un encanto, claro está, parecido al de Audrey Hepburn, que era la mirada y la gracia; tampoco es la elegancia femenina de Jean Simmons (otra de mis preferidas). El encanto de Marilyn es mucho más carnal, pero no sólo eso, porque de lo meramente carnal se acaba uno aburriendo. Con las otras dos actrices conformaría una mujer imposible, lo que confirma que el universo mujeril es el país de nunca acabar (de fascinarse).

Como actriz, Marilyn sigue ocupando un lugar muy inferior al de su mito. Pero creo que el cine no hubiera sido lo mismo con ella, que las películas que protagonizó hubieran sido otra cosa o no hubieran existido, que fue inspiración de hombres (o de machos, para entendernos), y por eso quizá al resultado no se lo llama poesía. De deportistas a intelectuales, los hombres no fueron más que hombres al caer rendidos ante ella.

Murió triste, hueca y desesperada, mientras su belleza aún era lozana, aunque a saber lo que ella tenía en su cabeza. Dejó una película incompleta, como diciendo que su personaje no estaba acabado, que de esta rubia no se cansaba nadie, salvo ella. Empezó desnuda en un calendario, pero el cine la vistió con sus mejores galas, y el tiempo no pasa por aquello que tocó, que continúa cautivando porque ella aparece.

jueves, 22 de mayo de 2008

En el Valle de Elah


Paul Haggis debe de ser un tipo bastante listo. Gracias a Crash ganó el óscar a la mejor película y al mejor guión. Además le debemos los guiones, entre otras, de Cartas desde Iwo Jima y Million Dollar Baby. En su última película, En el Valle de Elah, vuelve a repetir múltiples facetas, que también le han sido reconocidas. Es un cine inteligente, lleno de cargas de profundidad, que sabe aprovechar a través de la hábil dirección de excelentes actores.

En esta última película se cuenta una historia vinculada a la guerra de Irak, pero que se desarrolla en Estados Unidos. Un padre –Tommy Lee Jones, cada vez más surcado de tristezas– busca a su hijo, que ha vuelto de aquel conflicto como un veterano invisible. Su dolor y el de su madre –la siempre increíble Susan Sarandon– crecen a lo largo de la historia, con subrayados que son casi siempre silencios, miradas perdidas, ansiedades que tratan de espolear esperanzas que exhalan su último suspiro. Colabora en la búsqueda una policía que arrastra su propio saco de problemas, una Charlize Theron que no parece ella, sino una chica cualquiera o una estrella apagada. Las implicaciones humanas son tremendas y terribles, y los esfuerzos se ven recompensados con la confirmación de una tragedia que deja de parecer humana.

Es una película que va más allá de lo político o lo policíaco, y retrata el dolor de las personas. Un dolor que arrastra los pies por un pasillo con el peso del mundo bebiéndose los corazones. Un dolor que en cada gasolinera o lavandería quiere ver lo que ya no existe. Un dolor que clava su dedo en el pecho para sobresaltar a media noche al que estaba rendido. Un dolor que se agiganta en la desesperación de quien ha dejado de comprender.

Pero los hombres se sobreponen, y desde el dolor y la incomprensión piden ayuda. No era preciso el subrayado final, ya sabíamos que sólo Dios podía acudir en su auxilio.

martes, 20 de mayo de 2008

Chikicosas

A veces uno escribe en estado de shock, y se entra en materias que no son las propias para hablar de cosas que tal vez no lo merecen, pero nublan la visión. En realidad, este estado empieza a no ser tan raro en España.

Hoy he visto en las noticias cómo ese personaje lamentable que canta lo del Chiki Chiki llegaba a Belgrado y daba una master-class en el Instituto Cervantes de allá. Casi huelgan comentarios, sobre todo el de que el muerto insigne levante la cabeza. Resultaba surrealista ver a los pobres serbios con ansias de aprender español confesando su contento por haber conocido nuevas palabras, las que salpican la letra del conocido sonsonete, que gracias a Dios no tengo el disgusto de conocer.

Es, sobre todo, patético ver a Televisión Española enfangada en el respaldo de este personaje y sus bajezas por el hecho de que constituye su apuesta para Eurovisión. Después de esto, que cierren y se vayan todos a casa a quitarse los piojos.

Sé que es un tema indigno de mi blog, pero a veces uno también se contagia de la peste ambiental. Por supuesto, no pienso poner foto.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Centauros del desierto


Se abre una puerta. El desierto texano, un jinete que se acerca, y una mujer sobresaltada que lo espera. Esta película de John Ford es una obra de arte, un disfrute para los sentidos, pero también para la razón, la libertad y el amor. Una enseñanza continua de la persona y el paisaje, de la persona en el paisaje, de la lucha por vivir y de la dificultad de abrirse camino cuando todo es polvo. John Wayne construye un personaje formidable, complejo, abrupto, un poco gamberro a veces, como residuo tal vez de un pasado que se nos trasluce como poblado por la energía juvenil y el amor, pero que se endureció con capas de guerra y decepción. La aventura y el sacrifico, el amor y el humor, todo ello se nos presenta desde un prisma perfecto en el que todo lo importante, que es todo lo nimio, reluce con naturalidad e importancia. No es pasar un rato viendo una película del oeste, es tener una experiencia estética y humana que nos cultiva, y que conviene repetir una y otra vez. Al final, una puerta se cierra, y el hombre se aleja concluido su trabajo de Hércules, habiendo sobrevivido a una tierra siempre dispuesta a engullirlo, habiendo vivido.